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Acuerdo secreto en elección de Benedicto XVI.

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ENTRETELONES DEL VATICANO: DETALLES DE UNA COMPLEJA INTERNA EN LA CUPULA DE LA IGLESIA

Revelan que hubo un acuerdo secreto para elegir al actual Papa


Se lo designó al menos 4 meses antes de la votación. La reunión definitiva fue luego de la Navidad pasada. Lo dijeron fuentes del Vaticano. Agregaron que el moribundo Juan Pablo II dio su respaldo.


Julio Algañaraz. VATICANO. CORRESPONSAL
jalganaraz@clarin.com







El del 18-19 de abril más que un Cónclave hubo un plebiscito que confirmó el poder de coalición de la Curia Romana, que había elegido bastante tiempo antes al cardenal Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II, con el tácito consentimiento del Papa polaco, muy enfermo, que estuvo de acuerdo en que su intransigente guardián de la doctrina católica era el mejor para completar sin desviaciones sus esfuerzos de renacimiento cristiano.

Ratzinger era necesario, casi obvio. Pasó lo mismo que cuando Juan XXIII, ya enfermo de un cáncer al estómago, dijo en 1963 a sus principales colaboradores que debía sucederlo el arzobispo de Milán, el cardenal Giovanni Montini, elegido después como Paulo VI, para completar el Concilio Vaticano II iniciado en 1962 y que concluyó en 1965.

Ocurrió algo parecido en 1939, cuando se acercaba la Segunda Guerra Mundial y los cardenales coincidieron en que en el Cónclave había sólo un verdadero candidato para afrontar una prueba más que dramática para la Iglesia: el secretario de Estado, cardenal Eugenio Pacelli. Y lo eligieron rápidamente como Pío XII.

Un personaje del Vaticano, que por supuesto habló como los otros con la garantía del completo anonimato ("tu y yo ni siquiera nos vimos en estos días"), confirmó a Clarín cómo se produjo la metamorfosis cuidadosamente programada del cardenal alemán en Papa Benedicto XVI, el heredero del pontífice polaco al que había servido durante más de 21 de los 26 años del largo reinado de Karol Wojtyla.

Impresiona el término "poder de coalición de la Curia Romana" y los casos de Benedicto XV, Paulo VI y Pío XII demuestran qué equivocado es el dicho aquel de que "quien entra Papa al Cónclave sale cardenal".

Ratzinger entró favorito y salió Papa tras la cuarta votación del 19 de abril, iniciando un pontificado que mañana cumplirá cinco meses.

El vaticanista Giancarlo Zízola señaló que la rapidez de la asamblea secreta de 115 cardenales que votaron en la Capilla Sixtina, demostraba la existencia "de un proceso bien preparado de convergencia programática en torno a la personalidad más destacada del colegio cardenalicio para un pontificado breve bajo el signo de la continuidad".

Entre los ritos, mitos, hipocresías consolidadas, costumbres y tradiciones en la elección de un Papa, figuran dos tópicos inamovibles: los candidatos y aspirantes niegan y niegan que quieran sentarse en la cátedra de San Pedro, y se desmiente con fúlmines y excomúnicas las versiones de que que las campañas electorales se inicien con el anterior Papa aún en vida.

Por supuesto la realidad es muchas veces lo contrario de las virtudes y modestias inmaculadas que se reafirman cuando llega ese momento extraordinario que los italianos llaman "cada muerte de Papa".

Los preparativos, manipulaciones y conspiraciones son inevitables en los casos de largos pontificados con un Papa viejo que se va apagando, como fue el de Juan Pablo II.

Así ocurrió esta vez. Hubo un grupo de cardenales de la Curia "el gobierno central de la Iglesia", que tomaron en sus manos el discreto y secreto sondeo de las otras Eminencias.

Dicen que veinte de los veintisiete purpurados curiales dijeron Ratzinger, tras los primeros conciliábulos y que después de la Navidad 2004 hubo una reunión definitiva. Los "ministros" colombianos del Papa, cardenales Alfonso Trujillo y Castrillón Hoyos, así como el jurista español de la Curia, cardenal Julián Herranz, del Opus Dei, fueron quizás más activos.

Sandro Magister, el muy buen vaticanista de Il Espresso refirió que en una villa propiedad del movimiento conservador Opus Dei, en los alrededores de Roma, el cardenal Herranz convenció de que era necesario auspiciar a Ratzinger como futuro pontífice a algunos purpurados que llegaban a Roma para encuentros con la Curia y tener noticias de primera mano del mal estado de salud de Juan Pablo II.

Al día siguiente de la consagración de Benedicto XVI, el director de La Repubblica -el diario romano de centroizquierda que Ratzinger eligió para dar su última entrevista como cardenal-, Ezio Mauro, hizo la siguiente revelación por la radio del matutino en Internet: "Hace dos meses -o sea con el Papa polaco aún vivo-, fui a ver a mi amigo Joaquín Navarro, el portavoz pontificio, quien me hizo el siguiente análisis: 'Ezio, no me sorprendería que el próximo Papa sea el cardenal Ratzinger. El nuevo Papa debe afrontar los temas de la modernidad y por tanto no puede ser sólo un Papa pastor, sino un doctrinario con una mente muy robusta. Un académico universitario, o un filósofo o un teólogo. Los temas de la modernidad, como la bioética, son temas de Occidente o sea que no ha llegado el momento para un Papa del Tercer Mundo, un latinoamericano. Es necesario que pueda confrontarse con la modernidad de Occidente, que no sea muy joven porque la Iglesia difícilmente quiera ahora hacer otra experiencia larga como la del Papa Wojtyla. Todas estas características llevan al cardenal Ratzinger'".

La revelación del director de La Repúbblica resulta fundamental. Joaquín Navarro, confirmado como portavoz por el Papa Ratzinger, tenía un acceso directo, casi familiar, a Juan Pablo II, y además el periodista y psiquiatra español es uno de los más importantes laicos del Opus Dei.

La obra de San Escrivá de Balaguer -cuyo monumento en la basílica de San Pedro inauguró y bendijo hace cuatro días Benedicto XVI, qué casualidad-, fue uno de los movimientos más activos en promover la candidatura de Ratzinger como 265mo. pontífice de la Iglesia.

También otros movimientos conservadores muy poderosos, que se extendieron y profundizaron durante el pontificado de Juan Pablo II, operaron en sintonía en favor del cardenal de la ortodoxia doctrinal. El Papa polaco envió al cardenal Ratzinger como su delegado a Milán a los funerales de Don Giussani, el carismático fundador de Comunión y Liberación, unos días antes de morir.

El sermón del cardenal alemán fue recibido con ovaciones, mientras que un ominoso silencio saludó la homilía del cardenal Tettamanzi, arzobispo de Milán y en los papeles el principal rival de Ratzinger en la contienda.

El especialista español José Manuel Vidal, del diario El Mundo, escribió que "cuando el papa Juan Pablo II decidió ser el párroco del mundo dejó en manos de la Curia las llaves del gobierno de la Iglesia". Según Vidal, la Curia adquirió con los años "un poder desorbitado, casi omnipotente", que le permitía conocer mejor que cualquier otra sensibilidad eclesial las claves de la situación.

El diseño táctico de la Curia fue apoyar a los "mascarones de proa" que mejor podían garantizar la continuidad. Pero la figura de Ratzinger se destacó con los años como la más importante, que Vidal califica como "ideólogo de Wojtyla, un vicepapa".

Ratzinger dio todas las garantías de continuidad con el anterior papado y de intransigencia doctrinaria. El portavoz Navarro sintetizó esa influencia en junio pasado en una charla en Valencia, al recordar que "prácticamente todo lo que Juan Pablo II escribió -encíclicas, discursos o libros-, todo era enviado antes al cardenal Ratzinger para que le diera su aprobación".

La sintonía entre el viejo Papa y su cardenal preferido era total. Ambos creían, aunque Wojtyla era más optimista que Ratzinger, que tras la derrota del comunismo la batalla más peliaguda que enfrenta la Iglesia es la "dictadura" del relativismo que hace predominar el individualismo, de la indiferencia religiosa que se crea "un Dios a la medida" y que empuja a la Iglesia en un rincón, de un laicismo que se crea "un catolicismo a la carta en el que cada uno pone y saca lo que quiere en función de su conciencia autónoma".

Ratzinger defiende un "presencialismo cristiano" que debe en primer lugar volver a evangelizar a la Europa descristianizada a partir de una Iglesia consciente de su condición de minoría poseedora de la verdad.

En ese panorama más bien desolador, Giancarlo Zízola destaca que la opción es "la necesidad emergente de una constelación de valores, de una estrella polar segura para esta época, que los cardenales descifraron como una indicación de voto en el Cónclave a favor de Joseph Ratzinger, el más representativo de los purpurados de la Curia Romana".

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