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Solo la Fe en Cristo justifica al impio.

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Sólo la fe en Cristo justifica

A fin de que se nos entienda rectamente cuando afirmamos que la fe no consiste en un mero conocimiento de la vida y hechos de Jesucristo, empezaremos por exponer de qué modo llega la fe al corazón del hombre. Luego explicaremos cómo somos justificados por la fe y, finalmente, refutaremos los argumentos de los adversarios. En el último capítulo del Evangelio de San Lucas, ordena Cristo se predique en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados [30]. Es decir, el Evangelio en general, señala terminantemente que todos los hombres están bajo pecado, siendo, también, todos reos de la ira divina eterna y de la muerte. Pero, al mismo tiempo, el Evangelio ofrece a todos los hombres el perdón de los pecados y la justificación por Cristo; perdón y justificación que se reciben sólo por la fe. La predicación del arrepentimiento a nosotros dirigida, sobrecoge nuestra conciencia en gran manera, nos aterroriza, nos hace sentir la realidad de nuestro pecado y la realidad de la ira divina. Mas la conciencia atemorizada y el corazón atribulado buscarán consuelo y auxilio si creen en la promesa referente a Cristo, según la cual por Él tenemos el perdón de los pecados.

Esa fe que, en medio del temor y del espanto, nos reanima y consuela, obtiene el perdón de los pecados, justifica y salva. El consuelo que ella trae consigo es una verdadera regeneración y vida nueva.

Si bien manifestamos esto de manera sencilla y clara, toda persona creyente ya sabe por propia experiencia, que lo que afirmamos es cierto. Además, la Iglesia suministra numerosos testimonios que lo corroboran. Recordemos solamente la conversión del Apóstol Pablo [31] o la de San Agustín [32].

Nuestros adversarios, por su parte, no disponen de seguridad alguna ni consiguen expresar en forma llana y comprensible cómo es otorgado al hombre el Espíritu Santo. En lugar de ello, han ideado que los sacramentos conceden el don del Espíritu Santo "ex opere operato", esto es, al creyente le basta con el disfrute externo del sacramento para poder participar del Espíritu Santo, aunque carezca de la debida disposición interna. ¡Como si la donación del Espíritu Santo fuera algo de escasa importancia!

Claro está, al hablar nosotros de una fe que no es una mera y liviana idea, sino algo que nos libra de la muerte eterna y engendra nueva vida en nuestro corazón, una fe que es obra exclusiva del Espíritu Santo, al hablar de tal fe, decimos, no nos referimos a la fe que consiente la convivencia con el pecado mortal, como nuestros adversarios afirman. ¿Pueden existir, acaso, la luz y las tinieblas al mismo tiempo y en el mismo lugar? Además, la fe siempre trae consigo buenos frutos, como luego indicaremos. La conversión de muchos pecadores demuestra con meridiana claridad en lo que consiste la regeneración. A pesar de este hecho indudable, en vano buscaremos entre el fárrago de comentarios a las "Sentencias" [33], glosas, interpretaciones bíblicas, escritos, etc., una sola obra de nuestros adversarios que explique en forma debida en qué consiste la conversión del pecador, o sea, cómo se realiza la regeneración. Si hablan del amor o se refieren al "habitum dilectionis", arguyen que dicho "habitum" se adquiere mediante buenas obras, pero (a semejanza de los bautistas de nuestros días [34] no mencionan ni tácita ni expresamente la promesa divina, esto es, la Palabra de Dios. Ahora bien; negociar con Dios no es factible. A Dios sólo se le conoce, comprende y posee en su palabra y por su palabra, como ya dice el Apóstol Pablo: "El Evangelio es potencia de Dios para salud de todos los creyentes..." [35]. "La fe es por el oír..." [36]. Estas razones deberían bastar para poner de manifiesto que somos justificados sólo por la fe; pues si únicamente por la Palabra de Dios recibimos la justificación divina y si la palabra, a su vez, sólo puede ser comprendida y aceptada por la fe, se deduce, lógicamente, que sólo la fe justifica.

Sin embargo, existen aún otras razones en apoyo de la justificación sólo por la fe. Lo que acabamos de exponer se refiere, en especial, al modo en que la regeneración se realiza. Pero, al mismo tiempo, hemos repetido el concepto que de la fe tenemos.

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Pasaremos, pues, a exponer que la fe -según nosotros la entendemos, basándonos en las Sagradas Escrituras-, sólo dicha fe, justifica. Mas, ante todo, valga la siguiente advertencia al lector: Hay un hecho indudable e irrebatible para todo hombre: Jesucristo es nuestro único Mediador. De este hecho dimana, a su vez, otro, también irrefutable: Somos justificados por la fe, pero no por las obras.

De no ser estos hechos ciertos, resultaría imposible que Cristo fuera nuestro Mediador al atenerse nuestra fe a Él, de modo tal, que por mediación suya seamos reconciliados con Dios. ¿Cómo podría ser Cristo Mediador nuestro si no confiamos enteramente en que Dios nos declara justos por Él? Porque creer consiste en confiarse en los méritos de Jesucristo con la inconmovible certeza de que, en virtud de tales méritos, Dios quiere mostrarse clemente con nosotros. Por otra parte, también las Sagradas  Escrituras enseñan que para ser  hombre salvo necesita la promesa del perdón de Cristo, antes que la fe. Y, por consiguiente, la fe es lo que justifica al hombre, toda vez que la Ley no enseña el perdón de los pecados por la gracia divina. Por lo que a nosotros los hombres respecta, somos incapaces de cumplir la Ley, a no ser que hayamos sido hechos antes partícipes del Espíritu Santo. Esto nos obliga a defender la necesidad primordial de la promesa de Cristo, promesa que, a su vez sólo es posible entender y aceptar en fe. De aquí, que quienes enseñan que no somos justificados sólo por la fe se atengan, en realidad, únicamente a la Ley, dando así de lado a Cristo y su Evangelio.

Cuando nosotros decimos que sólo la fe justifica, algunos piensan que se trata meramente de un comienzo, es decir, como si la fe fuera una especie de iniciación o preparación para la justificación. Quienes así piensan, despojan a la fe del valor que encierra y por el cual somos propicios a Dios; dicen que si Dios nos acepta es por las obras que siguen a la fe; afirman que las Sagradas Escrituras ensalzan la fe sólo como el principio de toda buena obra, basándose en la sentencia "el principio es lo más esencial". Pero nosotros no enseñamos así, antes al contrario, afirmamos y defendemos lo siguiente: Por la fe que nos declara justos, en virtud de los méritos de Cristo, somos aceptados por Dios.

Dado que el término "ser justificado" tiene un do­ble sentido (significa: ser regenerados y, también, ser declarados justos por Dios), expondremos acto seguido que sólo por la fe somos regenerados y declarados justos por Dios.

La palabra sólo es combatida por muchos cuando nosotros la usamos diciendo: Sólo por la fe. Sin embargo, el Apóstol Pablo manifiesta claramente: "Consideramos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley" [37]. "Es el don de Dios, no vuestro, ni por vuestras obras, para que nadie se gloríe..." [38]. ..."Somos justificados de balde [gratuitamente], por su gracia..." [39].

Quienes se enojen por causa de la palabra sólo y su carácter exclusivista, pueden comparar otros muchos pasajes de las Epístolas del Apóstol Pablo, donde él también dice: "de gracia...", o: "no por las obras", o: "para que nadie se glorie", etc. Todas estas expresiones tienen un carácter  exclusivista. Al decir:  "de gracia", o "por gracia", ya quedan excluidos todo mérito y toda suerte de obras, llámense como se llamen. Pero con la palabra sólo (cuando decimos: sólo por la fe) no excluimos nosotros el Evangelio y los Sacramentos, como si fueran inútiles, en vista de que la fe lo hace todo y es todo. Nuestros adversarios sufren un error al reprocharnos que excluimos la Palabra de Dios y los Sacramentos cuando acentuamos el "sólo por la fe". ¡Lo que nosotros hacemos  es,  sencillamente,  excluir nuestros propios méritos!  Ya indicamos antes que la fe emana de la Palabra divina ("la fe es por el oír", Ep. Rom. 10,17) y, por lo tanto, tenemos el ministerio de la palabra (la predicación y la administración de los Sacramentos) aun en más alta estima que nuestros adversarios.  Por eso, también, decimos y enseñamos que el amor y las obras siguen indefectiblemente a la fe. En resumen, con la palabra sólo no excluimos las buenas obras, como si fuera innecesario que sigan a la fe, sino que excluimos, únicamente, la confianza humana en las obras y méritos propios y afirmamos que ni éstos ni aquéllas pueden justificarnos.  

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