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Solo la Fe en cristo perdona al pecador.

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CAPITULO III

SOLO POR LA FE EN CRISTO OBTENEMOS
EL PERDÓN DE LOS PECADOS

A nuestro parecer, también los adversarios han de confesar abiertamente que la condición primaria y esencial de la justificación es el perdón de los pecados. Nosotros, por nuestra parte, colegimos de esto lo siguiente:

Lograr y obtener el perdón de los pecados equivale a ser justificado. Dice el Salmo 32:1 "Bienaventurado aquel a quien fueron perdonadas sus iniquidades." Empero, nosotros conseguiremos dicho perdón sólo por la fe en Cristo: No por el amor, ni tampoco por las obras; pues el amor y las obras siguen a la fe. Y de aquí se desprende que somos justificados sólo por la fe. Porque la justificación consiste en que el pecador (y, por lo tanto, al mismo tiempo, injusto) sea declarado justo y, además, regenerado por el Espíritu Santo.

Demostraremos, ahora, que somos justificados por la fe, pero no por el amor o por las obras.

Cuando nuestros adversarios disputan sobre esta materia, lo hacen con la ingenuidad de la inexperiencia y se preguntan si el perdón de los pecados y la infusión de la gracia divina son una sola cosa o dos cosas distintas. No teniendo una cierta experiencia, repetimos, es imposible tratar esta materia. Sentir el pecado y la ira de Dios no es propio de las conciencias aletargadas y negligentes. Por otro lado, conocer por experiencia el perdón de los pecados no es ningún consuelo pasajero. Dice el Apóstol Pablo: "El aguijón de la muerte es el pecado, pero la potencia del pecado es la Ley. Alabado sea Dios que nos ha dado la victoria por Jesucristo, nuestro Señor" [40].

Por la Ley -la cual pone al descubierto toda la gravedad del pecado- es atemorizada la conciencia; porque la Ley revela la inexorabilidad y la ira divinas contra el pecado. Sin embargo, nosotros "vencemos por Cristo". ¿De qué modo sucede tal cosa? Sucede cuando tenemos tal fe que nos sentimos fortalecidos y confiados por entero a la promesa de la misericordia divina, por Cristo. Por consiguiente, seremos perdonados en virtud de nuestra fe en Jesucristo pero no por nuestras buenas obras. Éstas no logran siquiera aplacar la ira de Dios, sino que el Mediador y Reconciliador entre Dios y nosotros es Cristo; y por Cristo, nos hace objeto Dios, el Padre, de su infinita misericordia. Ahora bien; haciendo buenas obras jamás podremos ver en Cristo el Mediador, sino que le reconoceremos por tal al creer en la palabra divina (las Sagradas Escrituras) que le revela como Mediador. Colígese de esto que logramos el perdón de los pecados sólo por la fe al confiarnos de todo corazón en la misericordiosa promesa divina basada en Cristo. Asimismo, dice el Apóstol Pablo: "Por él (Cristo) tenemos entrada al Padre..." Y añade el Apóstol: "...por la fe" [41]. Esto es: por Cristo y por la fe en él somos reconciliados con el Padre; por Cristo y por la fe en él obtenemos el perdón de nuestros pecados; pues confiamos en la promesa, según la cual, seremos objeto de la gracia y la clemencia divinas, por Jesucristo.

Los adversarios entienden de otro modo el significado de Cristo Mediador y Salvador; pues afirman que Cristo logró en favor nuestro el amor o "habitum di-lectionis" [42]. Mas si se atuvieran estrictamente a la verdad, afirmarían que necesitamos a Cristo como el único Mediador. Al no afirmar esto, es como si sepultaran de nuevo a Cristo; porque arguyen que mediante nuestras obras tenemos acceso al Padre. Todavía más: enseñan que con nuestras obras merecemos y logramos el "habitum", pudiendo así, en virtud del amor, tener acceso a Dios, el Padre. ¿No es esto, acaso, volver a sepultar a Cristo y echar por tierra la doctrina entera de la fe? El Apóstol Pablo enseña todo lo contrario que nuestros adversarios cuando afirma que tenemos acceso al Padre, o sea, que somos reconciliados con Él por Cristo. Y el Apóstol lo explica, diciendo que tenemos acceso al Padre por la fe, y que en virtud de la fe en los méritos de Cristo recibimos el perdón de los pecados.

No somos nosotros, realmente, capaces de contrarrestar o aplacar la ira de Dios apelando a nuestro pobre amor y nuestras obras, sino, solamente, por mediación de Jesucristo. Por consiguiente, es fácil colegir que el perdón de los pecados no lo lograremos, ni con nuestras obras, ni por nuestro amor.

En segundo lugar, es indudable que nuestros pecados nos son perdonados por los méritos expiatorios de Jesucristo, "al cual Dios ha hecho propiciación nuestra" ..., como dice el Apóstol Pablo, el cual, además, añade: "...por la fe" [43]. Es decir, la obra expiatoria de Cristo nos beneficiará si por la fe aceptamos la palabra divina que nos promete misericordia y si nos atenemos sólo a dicha palabra al vernos ante la ira y el juicio divinos. Asimismo, leemos en la Epístola a los Hebreos: "Tenemos un Sumo Sacerdote, el cual es Jesucristo... Vayamos con gozo..." [44]. Se nos invita, pues, a allegarnos a Dios; pero no confiados en nuestras propias obras, sino en el Sumo Sacerdote que es Jesucristo. Esto es, se nos exige clara e indistintamente la fe.

En tercer lugar, nos referiremos al Apóstol Pedro, el cual dice: "Todos los profetas testimonian que por su nombre (el nombre de Jesucristo) tendrán el perdón de los pecados todos los que en él crean" [45].

El Apóstol Pedro manifiesta, pues, claramente que obtenemos el perdón de los pecados por el nombre de Cristo. Esto significa: por el nombre de Cristo, mas no por nuestras obras, ni por nuestro arrepentimiento, ni por nuestro acto de atrición, ni por nuestro amor, nuestro culto propio o los preceptos humanos a los que nos sometamos.

El Apóstol Pedro añade: "... todos los que en Él crean...". O sea: el Apóstol Pedro exige, sobre todo y ante todo, una fe sincera; y, por eso precisamente, aduce que todos los profetas se muestran unánimes al referirse a Cristo como único Mediador y Salvador nuestro. A nuestro entender, el Apóstol Pedro ofrece con tales palabras, realmente, el testimonio autoritario de la Iglesia. Porque ¿podrá haber precepto y testimonio eclesiástico mayor, más atinado y verdadero que el de los Profetas?

En cuarto lugar, el perdón de los pecados nos ha sido prometido en virtud de Cristo. De donde se desprende, que dicho perdón sólo podrá lograrse por la fe; pues no sería posible acogerse a la promesa y ser partícipe de su cumplimiento sino únicamente por la fe. En la Epístola a los Romanos, 4, 16, leemos: "La justicia vendrá por la fe, a fin de que la gracia obre y para que la promesa permanezca en vigor...". Y esto es como si el Apóstol Pablo dijera: -Si de nuestros méritos dependieran nuestra salvación y justicia, la promesa divina carecería de certeza y no nos beneficiaría en modo alguno; toda vez que nosotros, por nuestra parte, jamás llegaremos a saber si nuestros méritos son suficientes. Claro está, los corazones creyentes, las conciencias cristianas, en fin, entienden muy bien que la salvación no depende de nuestros méritos. El Apóstol Pablo dice a los Gálatas: "Dios ha puesto a todos bajo pecado para que la promesa se cumpla en todos los creyentes por la fe en Cristo" [46].

Al expresarse de tal manera, el Apóstol Pablo echa por tierra el valor de nuestros méritos; pues afirma estas tres cosas: Primera: Todos somos reos de muerte y estamos sometidos al poder del pecado. Segunda: Existe la promesa divina que nos ofrece el perdón de nuestros pecados. Tercera: Seremos partícipes del cumplimiento de esa promesa por la fe. A su vez, ofrece el Apóstol Pablo, asimismo, la base y el argumento esencial de la justificación por la fe al exponer el carácter de la promesa divina.  Si ésta es cierta -dice el Apóstol- inconmovible e irrevocable, el perdón de los pecados no se basará en nuestros méritos, porque, si así fuera, no podríamos confiarnos ciegamente en la promesa divina, ni sabríamos hasta qué punto son nuestros méritos suficientes. Este argumento fundamental es, repetimos, una verdadera roca inconmovible, y hasta podría decirse que es casi la doctrina más excelsa de todo cuánto el Apóstol enseña. Además, en todas sus Epístolas hallamos dicha doctrina como una demostración de la justificación sólo por la fe en Cristo.

Suponiendo que fuera posible echar por tierra las doctrinas del Apóstol Pablo, no habrá jamás hombre alguno capaz de idear algo que sobrepuje al argumento fundamental y único que acabamos de indicar. Tampoco será posible seducir el corazón del justo, ni la conciencia cristiana, apartándoles del verdadero camino, o sea, que sólo por la fe y por los méritos de Cristo tenemos el perdón de los pecados. Esta certeza es para el cristiano firme consuelo y remedio eficaz y eterno contra el pecado, el demonio, la muerte y el infierno. Por el contrario, la base sobre la que se encuentran nuestros adversarios es de arena, en vez de roca, y no resistirá los ataques a que podría verse sometida.

* * *

Si sólo por la fe alcanzamos el perdón de los pecados y recibimos el Espíritu Santo, diremos: Sólo la fe justifica. Pues quienes son reconciliados con Dios, son, al mismo tiempo, declarados justos por Él y son, también, hijos suyos. Esto no sucede en virtud de su propia pureza, sino es únicamente obra de la gracia divina; toda vez que aceptan dicha gracia y se atienen a ella mediante la fe. Y por eso, precisamente, enseñan las Sagradas Escrituras que "la fe justifica" [47].

Indiquemos ahora diversos pasajes bíblicos que, sin ningún género de duda, enseñan la justificación sólo por la fe. Pero, bien mirado, no se trata de que nuestra fe sea de por sí una obra pura y de inapreciable valor. Antes bien; enseñan las Sagradas Escrituras que sólo por la fe (¡sólo en virtud o mediante la fe!) somos aptos para aceptar y recibir la misericordia divina que nos es ofrecida.

El Apóstol Pablo se ocupa de la justificación, especialmente en su Epístola a los Romanos, y saca la siguiente conclusión: Todos los que creen alcanzar la misericordia de Dios por Cristo son justificados por su fe, sin necesidad de méritos propios. Esta trascendentalísima conclusión (objeto esencial de las demás epístolas paulinas) la formula el Apóstol con parcas y sencillas palabras en el capítulo III de la Epístola a los Romanos, diciendo: "Consideramos, pues, que el hombre es justificado sin las obras de la Ley, sino sólo por la fe" [48].

Los adversarios suelen argüir, indicando que el Apóstol Pablo excluye únicamente las ceremonias cúlticas judaicas, pero no las demás obras virtuosas. Sin embargo, el Apóstol se refiere, en realidad, no sólo a los ritos y ceremonias, sino a todas las obras de la Ley o Decálogo. El Apóstol cita en otro lugar el Mandamiento que preceptúa: "No codiciarás..." [49]. Además, si aparte de las ceremonias judaicas fuera factible lograr el perdón de los pecados por medio de otras obras y si, por consiguiente, de este modo pudiésemos ser justificados, ¿qué necesidad tendríamos de Jesucristo y de las promesas divinas? Además, todo cuanto el Apóstol Pablo señala sobre la promesa divina en diversos lugares de sus escritos carecería, por tanto, de base. Por ejemplo: el Apóstol no tendría razón para decir: "Sois salvados gratuitamente, y esto es un don de Dios pero no de las obras vuestras"... [50]. Recuérdese, también, lo que él dice sobre Abraham y David en la Epístola a los Romanos [51]: Abraham y David recibieron el mandamiento divino de la circuncisión. Si hubiera, realmente, obras que justifican, las que Dios ordenó en tiempos antiguos también habrían justificado. S. Agustín explica, también en forma indistinta, que el Apóstol Pablo no se refiere meramente a las ceremonias judaicas, sino a toda la Ley. Al final de su tratado de controversia, titulado "De spiritu et litera" (Sobre la letra y el espíritu) S. Agustín expone la siguiente: "Habiendo examinado esta materia con toda la capacidad que a Dios le plugo concedernos, formularemos la siguiente conclusión: No hay hombre alguno que pueda justificarse por el mandamiento y por llevar una vida recta y una loable conducta, sino que todo hombre habrá de ser justificado por su fe en Jesucristo."

Tampoco existe motivo alguno para pensar que el Apóstol Pablo se refiere casualmente a la justificación sólo por la fe. En la Epístola a los Romanos, capítulo IV, el Apóstol se extiende en largas consideraciones sobre la justificación por la fe y, asimismo, la menciona en todas sus otras epístolas. En Rom. 4, vers. 5, dice así: "Al que hace las obras, la justificación no le será imputada por gracia, sino por deber. Pero al que no hace las obras, sino que cree en Aquél que justifica a los pecadores, su fe le será imputada por justicia." Claramente se colige de aquí, que, por un lado, la fe es también la justicia que Dios desea y, por otra parte, se ve que dicha fe es considerada por gracia. Además, se colige que la fe no nos será tenida en cuenta por gracia, si en vez de ella presentamos nuestras obras y nuestros méritos. No hay duda, por consiguiente, que el Apóstol excluye no sólo los méritos y las obras de las ceremonias y los ritos judaicos, sino también las buenas obras en general. Pues si por las obras fuéramos justificados, la fe no nos sería imputada por justicia sin necesidad de las obras, como el Apóstol Pablo dice. En la Epístola a los Romanos leemos también: "Y decimos que a Abraham fuéle imputada su fe por justicia..." [52]. Otro pasaje dice: "Justificados, pues, por la fe tenemos paz con Dios." [53], o sea: tenemos una conciencia tranquila ante Dios. En otro capítulo leemos: "El corazón creyente es considerado justo..." [54]. En la Epístola a los Gálatas, 2, vers. 16, se dice: "Creemos en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley". Y, finalmente, en la Epístola a los Efesios, 2, vers. 8-9, leemos: "Por gracia sois salvos, por la fe. Pero esto no es obra nuestra, sino un don de Dios; ni se ha realizado por las obras, para que nadie se gloríe...".

Veamos, además, otros pasajes bíblicos que enseñan la justificación por la fe.

Ev. S. Juan, 1, vers. 12: "... Dióles potestad de ser llamados hijos de Dios, a quienes creen en su nombre, los cuales no son nacidos de sangre ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino son nacidos de Dios."

S. Juan, 14, vers. 14 y 15: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así será levantado el Hijo del hombre, para que todos los que en él crean no se pierdan, mas tengan vida eterna..."

S. Juan, 3, vers. 17: "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que lo juzgue, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él crea no será juzgado."

Hechos de los Apóstoles, 13, vers. 38 y 39: "Os decimos, pues, hermanos que se os anuncia el perdón de los pecados por Cristo y el perdón de todo aquello que no puede justificar la ley de Moisés. Pero el que crea será justificado."

Parécenos, que apenas es posible hablar más claramente sobre el Reino de Cristo y la justificación. El Apóstol Pablo dice que no pudiendo la Ley justificar al hombre, Jesucristo hubo de ser entregado, a fin de que creamos que por él somos justificados. Como la Ley a nadie justifica, nos será imputada la justicia de Cristo si creemos que por él Dios nos hace objeto de su misericordia, perdonándonos.

Hechos de los Apóstoles, 4, vers. 11 y 12: "La piedra que vuestros edificadores desecharon, ha sido puesta por piedra angular: y no hay en ningún otro salvación, ni ha sido dado a los hombres otro nombre en el que sean salvos."

¿Mas cómo podremos creer en el nombre de Cristo si no se nos predican sus méritos y si no nos atenemos a dicha predicación? Porque por la fe en el nombre de Cristo somos salvos, pero no por la confianza que pongamos en nuestras propias obras. El nombre significa, en este caso, la causa que motiva la salvación.   Por consiguiente, gloriar y confesar el nombre de Cristo es tanto como confiarse enteramente en aquel que es y se llama Cristo, creyendo que él es la causa y el precio de nuestra salvación.

Hechos de los Apóstoles, 15, vers. 9: "Por la fe fue purificado su corazón."

De estas palabras se desprende, que la fe predicada por los Apóstoles no consistía en un mero conocimiento de la vida y los hechos de Cristo, sino que se trata de la obra inapreciable del Espíritu Santo, el cual regenera los corazones para justificación nuestra. Nombremos únicamente dos pasajes del Antiguo Testamento, como ejemplo:

Habacuc, 2, vers. 4: "El justo por su fe vivirá". El profeta Habacuc indica, en primer lugar, que el justo será justificado por la fe, si cree que Dios le es propicio. En segundo lugar, dice el profeta: "La fe vivifica, pues en­gendra en el corazón y la conciencia paz, vida y gozo eternos, que empiezan ya en este mundo."

Isaías, 53, vers. 11: "Su conocimiento justificará a muchos."

Pero ¿qué es el conocimiento de Cristo sino el conocimiento de sus beneficios y su promesa, como él mismo lo anunció a los hombres y como su Evangelio lo anuncia por todo el mundo?. Conocer los beneficios de Cristo equivale a creer de verdad en él, o sea, creer que se cumplirá todo aquello que Dios ha prometido por Cristo y en Cristo. La Sagrada Escritura abunda en pasajes y testimonios como los que acabamos de aducir. Porque, como al principio dijimos, la Sagrada Escritura trata dos puntos esenciales, que son: la Ley y la promesa del perdón de los pecados y de la salvación gratuita por Cristo.

También los Padres de la Iglesia aportan numerosos testimonios en abono de la justificación por la fe. El obispo Ambrosio [55] escribe, en cierta ocasión, a Ireneo lo siguiente: "El mundo entero está supeditado a Dios por la Ley; pues los mandamientos de la Ley nos acusan, sin que nadie pueda justificarse por las obras de la Ley [56]. Porque por la Ley conocemos el pecado, pero no obtenemos el perdón de nuestra culpa. Al parecer, la Ley nos ha dañado a todos, haciéndonos pecadores. Pero ha venido nuestro Señor Jesucristo para tomar sobre sí el pecado de todos nosotros, pecado del que si no, no podríamos librarnos, y Cristo ha borrado, además, el manuscrito con su sangre derramada [57]. Así está escrito en la Epístola a los Romanos, 5, vers. 20: "El pecado se ha hecho fuerte por la Ley, pero la gracia se ha hecho mucho más fuerte por Jesucristo." Estando el mundo entero realmente sujeto a la Ley, Cristo libróle de todo pecado, según el testimonio que dice: "He aquí el cordero de Dios que lleva el pecado del mundo." (Ev. Juan, 1, 29). Nadie se gloriará, pues, de sus propias obras, toda vez que nadie será justificado por lo que haga. Pero el justo, lo es mediante el don que le ha sido concedido en el bautismo; este don le ha justificado. Pues la fe es lo que nos hace libres por la sangre de Cristo. ¡Bienaventurado aquel cuyos pecados sean perdonados y que reciba la gracia divina (Salmo, 32, vers. 2).!"

Indudablemente, estas palabras apoyan las nuestras de un modo patente. Pues el obispo Ambrosio afirma, por un lado, que las obras no justifican y, por otro, testimonia que la fe nos salva en virtud de la sangre de Cristo. En comparación con las palabras de S. Ambrosio, todos los teólogos habidos -a pesar de sus sonoros títulos de "angelicus" [58], "subtilis" [59], "irrefragabiles" (o sea, doctores infalibles)-, y todos sus escritos no aportan absolutamente nada a la comprensión del Apóstol Pablo.

También S. Agustín abunda en nuestra enseñanza y escribió mucho en este sentido contra los "pelagianos". En su obra "De spiritu et litera", antes mencionada, se expresa así: "Si se nos hace presente la justicia de la Ley, es para que quien la cumpla viva, en tanto que, reconociendo su flaqueza, pueda ser justificado; no por sus propios recursos, ni por la letra de la Ley -la cual no podrá cumplir-, sino por la fe. Y nadie realizará obra buena alguna si él mismo no ha sido justificado de antemano y vive. Mas la justificación se obtiene sólo por la fe" [60]. S. Agustín manifiesta con toda claridad: que somos reconciliados por Dios -que, a su vez, es el único que santifica y salva- por la fe, la cual nos justifica. Añade S. Agustín: "Por la Ley tememos a Dios, pero por la fe confiamos en Él. La gracia divina queda oculta a los que temen el castigo. Si el temeroso vive en su temor, angustia, etc., acogerá, por su fe, a la misericordia divina, a fin de recibir de ésta lo que la Ley exige." No hay duda, pues, de que S. Agustín también enseña que la Ley atemoriza el corazón, mientras la fe lo inunda de consuelo.

No se comprende que la ceguedad de nuestros adversarios sea tan grande como para no ver los numerosísimos testimonios bíblicos y patrísticos que pregonan la justificación por la fe y no por las obras. ¿En qué están pensando? ¿Se figuran, acaso, que la Biblia no persigue un fin determinado al repetir de continuo y con palabras claras la justificación por la fe? ¿O van a negar que cada palabra de las Sagradas Escrituras ha sido escrita con toda intención? ¿O creen, acaso, que las Sagradas Escrituras no saben lo que dicen?

En realidad, nuestros adversarios demuestran su impiedad cuando afirman sofísticamente que los textos bíblicos referentes a la fe tratan de una "fide formata", o sea, de una fe que no justifica de por sí, sino sólo en virtud del amor y de las obras del hombre. Y esto sería, en resumen, afirmar que no es la fe lo que justifica, sino el amor. Por eso, también aducen que la fe puede existir incluso en el hombre que esté en pecado mortal. Pero con esto echan por tierra la promesa y la gracia divinas y predican, sencillamente, la Ley y las obras. Porque si la fe ya justifica en virtud del amor, el perdón de los pecados jamás será cosa cierta; toda vez que nosotros siempre amaremos a Dios de manera imperfectísima. Aun más, sólo nos será posible amar a Dios si de corazón estamos persuadidos del perdón de nuestros pecados.

Por consiguiente, al enseñar nuestros adversarios el amor a Dios como lo esencial y la confianza en nuestras propias obras como imprescindible, desechan el Evangelio, pues éste enseña el perdón gratuito de los pecados. Por otra parte, nadie podrá entender, ni poseer el amor si antes no cree en el perdón de los pecados que recibimos por Cristo, en virtud de la gracia divina.

También nosotros afirmamos, por nuestra parte, y enseñamos que el amor ha de seguir imprescindiblemente a la fe, como el Apóstol Pablo dice: "Porque en Cristo no vale ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor" [61].

Despréndese de aquí, la necesidad de no confiarse ni basarse en el amor, como si por éste pudiéramos obtener el perdón de los pecados y fuéramos reconciliados con Dios. Para hacer nuestra la promesa divina habremos de apelar a nuestra fe, pero no a nuestras obras. Esta fe que cree en la promesa se llama: "fides propiae dicta" (fe propiamente dicha) y existe cuando mi corazón y el Espíritu Santo que en él mora me aseguran que la promesa divina se cumplirá realmente. ¡Y de esta fe habla la Sagrada Escritura! Esta fe obtiene el perdón de los pecados y nos reconcilia con Dios; esta fe, en fin, nos es imputada por justicia (como a Abraham) antes de que manifestemos amor alguno y antes de que cumplamos la ley, o sea, antes de que hagamos cualquier obra.

Ahora bien; es cierto que no pueden faltar los frutos u obras; pues la fe no es un mero conocimiento de la vida y hechos de Jesucristo, ni puede existir junto al pecado mortal; sino la fe es obra del Espíritu Santo en nosotros, regenerándonos, librándonos de la muerte y reanimando nuestra conciencia. Y dado que la fe logra el perdón de los pecados y nos hace propicios a Dios, ella trae consigo el Espíritu Santo. Por esta razón, podría denominársele, con toda propiedad: "gratia gratum faciens", que significa: la gracia que nos hace gratos o propicios a Dios. El amor, es, a su vez, una consecuencia de la fe.

 

CONCLUSIONES

 

Hasta aquí, hemos expuesto, apoyándonos en pasajes de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia (por amor de una mayor claridad), que por la fe obtenemos el perdón de los pecados en virtud de Cristo, y que sólo por la fe somos, también, justificados, esto es, que siendo nosotros injustos, pasamos a ser justos y regenerados.

El corazón piadoso advertirá por sí solo la importancia de la doctrina de la fe; que por ella se conoce a Cristo y el valor inapreciable de sus beneficios. Asimismo, el corazón y la conciencia encuentran en la doctrina de la fe paz y consuelo verdaderos.

Si ha de haber en el mundo una Iglesia Cristiana, será de menester haya, también, una doctrina que enseñe al hombre a edificar sobre la roca y a disponer de una seguridad salvadora irrefutable. De aquí, que califiquemos a nuestros adversarios de gente infiel que han venido aconsejando de modo indebido a las conciencias, sumiéndolas en dudas con su torcida doctrina, la cual no les ofrece la certeza de obtener el perdón de los pecados. ¿Cómo es posible que quienes se hallan en trance peligroso -acaso en trance de muerte-, puedan confiarse, sin dudar, en el perdón de los pecados, si nada han oído aún de la doctrina de la fe en Jesucristo? Por otra parte, si la Iglesia Cristiana desea seguir usando tal nombre será preciso conserve, también, el Evangelio de Cristo, o sea, la promesa divina, según la cual nuestros pecados no nos son perdonados en virtud de nuestros méritos, sino por los méritos de Cristo. Pero este sacrosanto evangelio es hollado por quienes nada enseñan acerca de esta fe que nosotros defendemos. Los maestros escolásticos jamás se ocupan de tal fe, lo cual es por demás lamentable. Sin embargo, a tales maestros se atienen nuestros adversarios y por eso menosprecian la elevada doctrina de la fe. Tan cegados están, que no advierten que con ello hollan y menosprecian, también, el Evangelio, la promesa divina del perdón gratuito de los pecados y la justicia de Cristo.

 

Felipe Melanchthon

 

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