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La Fe que justifica al impío.

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CAPITULO II

LA FE QUE JUSTIFICA

Según nuestros adversarios, la fe consiste en conocer la vida y hechos de Cristo. Así se explica su doctrina, según la cual, el hombre puede tener fe aun hallándose en pecado mortal. Nuestros adversarios nada mencionan ni saben, por lo visto, de la verdadera fe que el Apóstol Pablo predica como única causa de nuestra justificación. Siendo así la fe, se comprende que quienes hayan sido ya justificados no pueden hallarse en pecado mortal. Pero esto mismo obliga a pensar que la fe justificante no puede consistir en un mero conocimiento de este o aquel suceso de la vida de Jesucristo: por ejemplo, su nacimiento o su pasión (cosas que, por otra parte, también el diablo conoce). Antes bien: la fe que justifica consiste en que el hombre ponga una ciega confianza en las promesas divinas que nos ofrecen gratuitamente -sin necesidad de mérito propio alguno- el perdón de los pecados y la justificación por Cristo.

A fin de refutar rotundamente que la fe se reduce a un conocimiento más o menos profundo de la vida y los hechos de Cristo, añadiremos lo siguiente: La fe no consiste en nuestras propias obras, ni en aquello que nosotros podamos ofrecer u otorgar, ni en nuestros planes y su ejecución, sino que consiste en abandonarse confiadamente en que Dios nos ofrece, otorga y regala el tesoro entero de la gracia en Cristo, o sea, el perdón de los pecados y la justificación [23].

Sabiendo esto, se hace más fácil distinguir entre la fe verdadera y la justicia de la Ley. La fe es como un culto en el cual recibimos los beneficios divinos. La justicia de la Ley, por el contrario, es como un culto de "latría", en el cual se ofrecen a Dios las buenas obras realizadas. Sin embargo, Dios quiere se le honre por medio de la fe, o sea en tanto nos disponemos a recibir lo que Él nos ha ofrecido y prometido.

El Apóstol Pablo demuestra de manera palpable que la fe, más que un mero conocimiento de la vida de Cristo, es la confianza ciega puesta en las promesas divinas. Dice el Apóstol: "La justicia viene por la fe para que se cumpla la promesa" [24]. Es decir, la justicia y la fe van unidas en relación mutua. La promesa exige que exista la fe y ésta ha de existir para que pueda cumplirse la promesa.

Si examinamos el Credo, veremos, acaso más claramente, en lo que consiste la fe que justifica. En el Credo confesamos: "Creo en el perdón de los pecados." Al decir esto, afirmamos que no basta con saber o creer que Cristo nació, padeció, resucitó, etc., sino que también nos vemos obligados a confesar, diciendo: Creo que mis pecados son perdonados. Este artículo de la fe se basa, a su vez, en los artículos anteriores. Esto es, el perdón de los pecados se verifica en virtud de los méritos de Cristo, ¡pero no en virtud de nuestros propios méritos! En otro caso, ¿para qué entregó Dios a su Hijo Jesucristo por causa de nuestros pecados, si nuestros méritos son ya suficiente satisfacción?

Tantas veces como nos refiramos a la "fide iustificante", es decir, "la fe que justifica", se presentarán tres puntos esenciales que son: La promesa divina; su ofrecimiento gratuito y, en tercer lugar, los méritos de Jesucristo como pago de nuestros pecados.

Por la fe recibimos la promesa. El hecho de que ésta nos sea ofrecida sólo por gracia, echa por tierra todos nuestros méritos y ensalza la infinita misericordia divina. Los méritos de Cristo son, a su vez, el tesoro del cual se pagan los pecados del mundo y, desde luego, los nuestros propios.

Al referirse las Sagradas Escrituras a Dios y a la fe del hombre, usan con preferencia la palabra "misericordia". También los Padres de la Iglesia afirman en sus escritos que somos salvos por la gracia, la bondad y el perdón divinos, o sea, por la misericordia de Dios. Tantas veces como hallemos en la Biblia o en los Padres la palabra "misericordia" hemos de saber que se refiere a la fe, la fe que recibe la promesa de la gracia misericordiosa divina. Además, tantas veces como las Sagradas Escrituras mencionan la fe, se refieren, únicamente, a la fe que sólo se confía en la gracia divina. Pero, bien mirado, la fe no nos justifica y salva por ser nuestra, sino sólo porque acepta la gracia que Dios ha prometido y ofrecido gratuitamente.

Los Profetas y el Salmista ensalzan la fe y confianza en la misericordia divina como el culto más excelso y santo. Si bien es cierto que la Ley no trata especialmente de la gracia y el perdón de los pecados como el Evangelio, las promesas relativas a Cristo fueron, sin embargo, legadas de un patriarca al otro. Y los patriarcas supieron y, asimismo, creyeron que Dios había de conceder el perdón de los pecados por Cristo. De aquí, que al entender los patriarcas que Cristo habría de ser el tesoro [25] con que se pagaría nuestro pecado, reconocieran también la imposibilidad de satisfacer con obras propias el precio de nuestra gran culpa [26]. Los patriarcas recibieron gratuitamente la gracia y el perdón de los pecados por la fe, lo mismo que los santos [27] del Nuevo Testamento. De aquí se explica que el Salmista y los Profetas nombren repetidas veces la misericordia y la fe. Por ejemplo: Salmo 130, v.3 sgs.: "Si tienes en cuenta la iniquidad, ¿quién podrá salvarse, oh Señor?". Con estas palabras confiesa el Salmista sus pecados, pero no alega sus propios méritos, sino añade: "Pues tú otorgas el perdón para que se tenga temor de ti". Luego, el Salmista se confía en la misericordia divina y menciona la promesa, diciendo: "Mi alma vive de la palabra del Señor, mi alma espera en el Señor" [28]. Dicho con otras palabras, el Salmista expresa: Porque tú, Señor, prometiste el perdón de los pecados me atengo a tu promesa y me entrego a ella confiadamente.

De manera que los santos patriarcas no fueron justificados por la Ley, sino por la promesa y por la fe. Es realmente extraño que nuestros adversarios no enseñan nada o casi nada sobre la fe, a pesar de saber que en todos los lugares de la Biblia la fe es ensalzada como el más excelso y santo culto. Por ejemplo, en el Salmo 50, se lee: "Invócame en la tribulación y yo te salvaré ..." [29]. Así es como Dios quiere dársenos a conocer y así es, también, cómo desea le honremos y seamos hechos partícipes de sus beneficios, sólo por su misericordia infinita, mas no en pago a nuestros méritos. Saber esto es poseer una inagotable fuente de consuelo en toda clase de aflicciones; trátese de tentaciones puramente espirituales o de tentaciones carnales, siendo indiferente que ellas tengan lugar en vida o en trance de muerte. Los adversarios privan a las conciencias de dicho consuelo cuando fría y despectivamente hablan de la fe, mientras, por otra parte, enseñan a los hombres a negociar con Dios mediante obras y méritos.

Sólo la fe en Cristo justifica

A fin de que se nos entienda rectamente cuando afirmamos que la fe no consiste en un mero conocimiento de la vida y hechos de Jesucristo, empezaremos por exponer de qué modo llega la fe al corazón del hombre. Luego explicaremos cómo somos justificados por la fe y, finalmente, refutaremos los argumentos de los adversarios. En el último capítulo del Evangelio de San Lucas, ordena Cristo se predique en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados [30]. Es decir, el Evangelio en general, señala terminantemente que todos los hombres están bajo pecado, siendo, también, todos reos de la ira divina eterna y de la muerte. Pero, al mismo tiempo, el Evangelio ofrece a todos los hombres el perdón de los pecados y la justificación por Cristo; perdón y justificación que se reciben sólo por la fe. La predicación del arrepentimiento a nosotros dirigida, sobrecoge nuestra conciencia en gran manera, nos aterroriza, nos hace sentir la realidad de nuestro pecado y la realidad de la ira divina. Mas la conciencia atemorizada y el corazón atribulado buscarán consuelo y auxilio si creen en la promesa referente a Cristo, según la cual por Él tenemos el perdón de los pecados.

Esa fe que, en medio del temor y del espanto, nos reanima y consuela, obtiene el perdón de los pecados, justifica y salva. El consuelo que ella trae consigo es una verdadera regeneración y vida nueva.

Si bien manifestamos esto de manera sencilla y clara, toda persona creyente ya sabe por propia experiencia, que lo que afirmamos es cierto. Además, la Iglesia suministra numerosos testimonios que lo corroboran. Recordemos solamente la conversión del Apóstol Pablo [31] o la de San Agustín [32].

Nuestros adversarios, por su parte, no disponen de seguridad alguna ni consiguen expresar en forma llana y comprensible cómo es otorgado al hombre el Espíritu Santo. En lugar de ello, han ideado que los sacramentos conceden el don del Espíritu Santo "ex opere operato", esto es, al creyente le basta con el disfrute externo del sacramento para poder participar del Espíritu Santo, aunque carezca de la debida disposición interna. ¡Como si la donación del Espíritu Santo fuera algo de escasa importancia!

Claro está, al hablar nosotros de una fe que no es una mera y liviana idea, sino algo que nos libra de la muerte eterna y engendra nueva vida en nuestro corazón, una fe que es obra exclusiva del Espíritu Santo, al hablar de tal fe, decimos, no nos referimos a la fe que consiente la convivencia con el pecado mortal, como nuestros adversarios afirman. ¿Pueden existir, acaso, la luz y las tinieblas al mismo tiempo y en el mismo lugar? Además, la fe siempre trae consigo buenos frutos, como luego indicaremos. La conversión de muchos pecadores demuestra con meridiana claridad en lo que consiste la regeneración. A pesar de este hecho indudable, en vano buscaremos entre el fárrago de comentarios a las "Sentencias" [33], glosas, interpretaciones bíblicas, escritos, etc., una sola obra de nuestros adversarios que explique en forma debida en qué consiste la conversión del pecador, o sea, cómo se realiza la regeneración. Si hablan del amor o se refieren al "habitum dilectionis", arguyen que dicho "habitum" se adquiere mediante buenas obras, pero (a semejanza de los bautistas de nuestros días [34] no mencionan ni tácita ni expresamente la promesa divina, esto es, la Palabra de Dios. Ahora bien; negociar con Dios no es factible. A Dios sólo se le conoce, comprende y posee en su palabra y por su palabra, como ya dice el Apóstol Pablo: "El Evangelio es potencia de Dios para salud de todos los creyentes..." [35]. "La fe es por el oír..." [36]. Estas razones deberían bastar para poner de manifiesto que somos justificados sólo por la fe; pues si únicamente por la Palabra de Dios recibimos la justificación divina y si la palabra, a su vez, sólo puede ser comprendida y aceptada por la fe, se deduce, lógicamente, que sólo la fe justifica.

Sin embargo, existen aún otras razones en apoyo de la justificación sólo por la fe. Lo que acabamos de exponer se refiere, en especial, al modo en que la regeneración se realiza. Pero, al mismo tiempo, hemos repetido el concepto que de la fe tenemos.

* * *

Pasaremos, pues, a exponer que la fe -según nosotros la entendemos, basándonos en las Sagradas Escrituras-, sólo dicha fe, justifica. Mas, ante todo, valga la siguiente advertencia al lector: Hay un hecho indudable e irrebatible para todo hombre: Jesucristo es nuestro único Mediador. De este hecho dimana, a su vez, otro, también irrefutable: Somos justificados por la fe, pero no por las obras.

De no ser estos hechos ciertos, resultaría imposible que Cristo fuera nuestro Mediador al atenerse nuestra fe a Él, de modo tal, que por mediación suya seamos reconciliados con Dios. ¿Cómo podría ser Cristo Mediador nuestro si no confiamos enteramente en que Dios nos declara justos por Él? Porque creer consiste en confiarse en los méritos de Jesucristo con la inconmovible certeza de que, en virtud de tales méritos, Dios quiere mostrarse clemente con nosotros. Por otra parte, también las Sagradas  Escrituras enseñan que para ser  hombre salvo necesita la promesa del perdón de Cristo, antes que la fe. Y, por consiguiente, la fe es lo que justifica al hombre, toda vez que la Ley no enseña el perdón de los pecados por la gracia divina. Por lo que a nosotros los hombres respecta, somos incapaces de cumplir la Ley, a no ser que hayamos sido hechos antes partícipes del Espíritu Santo. Esto nos obliga a defender la necesidad primordial de la promesa de Cristo, promesa que, a su vez sólo es posible entender y aceptar en fe. De aquí, que quienes enseñan que no somos justificados sólo por la fe se atengan, en realidad, únicamente a la Ley, dando así de lado a Cristo y su Evangelio.

Cuando nosotros decimos que sólo la fe justifica, algunos piensan que se trata meramente de un comienzo, es decir, como si la fe fuera una especie de iniciación o preparación para la justificación. Quienes así piensan, despojan a la fe del valor que encierra y por el cual somos propicios a Dios; dicen que si Dios nos acepta es por las obras que siguen a la fe; afirman que las Sagradas Escrituras ensalzan la fe sólo como el principio de toda buena obra, basándose en la sentencia "el principio es lo más esencial". Pero nosotros no enseñamos así, antes al contrario, afirmamos y defendemos lo siguiente: Por la fe que nos declara justos, en virtud de los méritos de Cristo, somos aceptados por Dios.

Dado que el término "ser justificado" tiene un do­ble sentido (significa: ser regenerados y, también, ser declarados justos por Dios), expondremos acto seguido que sólo por la fe somos regenerados y declarados justos por Dios.

La palabra sólo es combatida por muchos cuando nosotros la usamos diciendo: Sólo por la fe. Sin embargo, el Apóstol Pablo manifiesta claramente: "Consideramos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley" [37]. "Es el don de Dios, no vuestro, ni por vuestras obras, para que nadie se gloríe..." [38]. ..."Somos justificados de balde [gratuitamente], por su gracia..." [39].

Quienes se enojen por causa de la palabra sólo y su carácter exclusivista, pueden comparar otros muchos pasajes de las Epístolas del Apóstol Pablo, donde él también dice: "de gracia...", o: "no por las obras", o: "para que nadie se glorie", etc. Todas estas expresiones tienen un carácter  exclusivista. Al decir:  "de gracia", o "por gracia", ya quedan excluidos todo mérito y toda suerte de obras, llámense como se llamen. Pero con la palabra sólo (cuando decimos: sólo por la fe) no excluimos nosotros el Evangelio y los Sacramentos, como si fueran inútiles, en vista de que la fe lo hace todo y es todo. Nuestros adversarios sufren un error al reprocharnos que excluimos la Palabra de Dios y los Sacramentos cuando acentuamos el "sólo por la fe". ¡Lo que nosotros hacemos  es,  sencillamente,  excluir nuestros propios méritos!  Ya indicamos antes que la fe emana de la Palabra divina ("la fe es por el oír", Ep. Rom. 10,17) y, por lo tanto, tenemos el ministerio de la palabra (la predicación y la administración de los Sacramentos) aun en más alta estima que nuestros adversarios.  Por eso, también, decimos y enseñamos que el amor y las obras siguen indefectiblemente a la fe. En resumen, con la palabra sólo no excluimos las buenas obras, como si fuera innecesario que sigan a la fe, sino que excluimos, únicamente, la confianza humana en las obras y méritos propios y afirmamos que ni éstos ni aquéllas pueden justificarnos. A continuación, expondremos detalladamente este punto.

 

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