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Jesús es el verdadero pan del cielo

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El Verdadero Pan del Cielo (Juan 6:47-58)

Material obtenido de En la Calle Recta (Año XXXV Nro. 182)

 

"De cierto, de cierto os digo: El que cree en Mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida"
(vs. 47-48)
 

El Señor Jesús comienza este verso con una afirmación contundente: "El que cree en Mí, tiene vida eterna". Creer en Mí y tener vida eterna es uno, dice el Señor. Aquí radica la clave de toda la existencia de cada hombre: vivir una vida eterna o la muerte eterna. La fe en Cristo es la única puerta que nos abre a esa vida eterna. Pero la fe no es un discurso filosófico, sino "la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve" (Hebr.11:1). Porque "por fe andamos, no por visión".

El Señor sólo nos pide esto: "Cree en Mí", ten confianza en Mí, acéptame como Yo te acepto con todos tus pecados y miserias para limpiarte, hacerte una nueva criatura, y darte vida eterna. ¿Por qué hay esa resistencia en ti a creer la Verdad de Dios, cuando eres tan dócil para creer el testimonio de todo hombre  que es tan poco de fiar como tú?

Mira, lo creas o no lo creas, "este es el testimonio de Dios: que nos (te) ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo" (1 Jn.5:11); y nadie más que Él puede darte la vida eterna.

Con qué cara, tú y yo, podríamos no creer este testimonio de Dios, que sería lo mismo que decir o pensar que Dios es mentiroso, y al mismo tiempo aceptar lo que los hombres nos enseñan para conseguir la vida eterna en contra de este testimonio de Dios: "El que tiene al Hijo, tiene la vida"

Por eso Jesús te dice : Cree en Mí, y tienes vida eterna; porque "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida" (Jn.14:6). Y no hay otro camino a esa vida, aunque los hombres religiosos te enseñen otros caminos; no hay otra verdad que Cristo para vida eterna, aunque los hombres nos presenten sus propias verdades filosofadas, amaneradas a su propia mente religiosa; no hay otra vida eterna que el Mismo Hijo de Dios, para los que creen en Él, porque "el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida" (1 Jn. 5:12).

Es una mentira horrible apartar a los hombres tras idolatrías religiosas con la falsa promesa de que, por ellas, alcanzarán la "vida eterna". ¡No es ése el camino, no es ésa la verdad, no es ésa la vida! Porque sólo el que cree en Mí (Jesús, el Hijo de Dios viviente), tiene vida eterna, y no hay otro nombre bajo el cielo por el que podamos tener vida eterna.

"Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron...Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que  yo daré es mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo" (vs. 48-51).

No debemos olvidar que el Señor Jesús, en el contexto de este pasaje tiene como punto de referencia el pan de cebada, que habían comido sus interlocutores hasta saciarse. Pero ni ese pan, ni el maná que  sus padres comieron en el desierto, tenía nada que ver con el pan de vida.

El pan de vida es Cristo, y por eso descendió del cielo, para que el que de Él come no muera. Aquí el Señor cambia la palabra creer por comer, y vida eterna por no muera. Con lo cual nos quiere decir que por la fe se da una verdadera identificación entre el creyente y Cristo, tanta  como puede haber entre el que come y el pan que éste come. El Señor les muestra a sus oyentes que Él, como pan de vida, es la causa de la transformación y de la vida del hombre creyente.

Jesús mismo les dice: "Yo soy el pan vivo que descendió del cielo". La única forma de comer este "pan de vida", es creyendo en Cristo. El es el pan vivo, por eso da la vida a todo el que lo acepta en su corazón. Como dice Pablo:"Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones" (Ef. 3:17). Sólo este pan vivo descendido del cielo, que es Cristo, puede darle al hombre la vida eterna.

Jesús da un paso más ante sus oyentes, les dice: "el pan que Yo daré es mi carne, la cual Yo daré por la vida del mundo" (v.51). Esto sorprende a los judíos, que no podían entender sus palabras. Era, pues, lógica la pregunta que se hacen: "¿cómo puede Éste darnos a comer su carne?".

La multiplicación de los panes que ellos vieron con sus propios ojos y degustaron con sus propias bocas, no los saca de la incomprensión que causan en ellos las palabras de Jesús: "el pan que Yo daré es mi carne". Por supuesto que aquellos comensales no entendieron, como Jesús con aquellos cinco panes de cebada dio de comer a aquella multitud. Ellos sin preguntar, aunque nada entendían, comieron el pan que se les brindaba. ¿Por qué ahora no aceptan sin preguntas, el verdadero pan del cielo, que el Mismo Jesús también les ofrecía? El que hizo lo uno también hizo lo otro, y para el hombre tan incomprensible es lo uno como lo otro. Lo que no es lógico es aceptar el pan de cebada, y poner en duda el pan de vida, su propia carne. Por eso Jesús sin pararse en las dudas e incomprensiones de ellos, les dice:

"Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (v.53).

El Señor Jesús no responde a las preguntas de ellos, mas bien hace definitiva su afirmación. Es una cuestión de vida o muerte, y esas cuestiones sólo están en las manos del Hacedor, sus criaturas no tienen capacidad para alcanzar a comprender, cómo puede ser eso. A nosotros sólo nos pide que aceptemos su obra en plena certidumbre de fe, si queremos tener vida en nosotros. Jesús nos quiere hacer comprender con un símil, que como el pan es alimento para la vida del cuerpo, sin cuyo alimento moriríamos, así es de vital para vivir en espíritu el participar por la fe en el cuerpo y sangre de Cristo.

Y este mismo ejemplo de comprensión lo ha llevado a establecer la última cena como memorial. Donde me muestra que tan cierto como participo comiendo de ese pan y bebiendo de esa copa, así de cierto yo participo por la fe en Su cuerpo partido por mí en el sacrificio de la cruz y Su sangre derramada por mí. Y también que Su pasión y muerte obediente son tan ciertamente nuestras, como si yo o tú mismo en nuestras propias personas hubiésemos sufrido la pena y satisfecho a Dios por nuestros pecados.

Así comprenderemos a Pablo cuando dice: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal. 2:20). Pienso que estas palabras de Pablo son la descripción más clara de lo que es un creyente en su vivencial participación en la Cena del Señor.

Dar otras descripciones o explicaciones a la Cena del Señor, establecida por Él la noche que iba a ser entregado, es intentar sustituir la fe en el pan de vida que es Cristo, por los razonamientos filosóficos de los hombres. El pan de vida, que es Cristo, no se transforma, sino que nos transforma a nosotros en una nueva criatura.

Aquellos que hablan de una transubstanciación  de ese pan, hasta hacer idolatría de un alimento, están en la misma pregunta que aquellos judíos; "¿Cómo puede Éste darnos a comer Su carne?" Olvidan que Jesús no habla de cosas materiales, Él dice: "Las palabras que Yo os he hablado son espíritu y son vida, la carne para nada aprovecha" (v.63). Hablar de una transubstanciación del pan es interpretar equivocadamente las palabras de Jesús, como hicieron muchos de los judíos que le oían. Pero es más sensato abandonar, como hicieron ellos, cuando no quisieron creer que sus palabras eran espíritu y eran vida, que tratar de suplantar la fe por una sutil explicación de un cambio substancial de la materia (pan en carne) permaneciendo los accidentes de ese pan y vino con el mismo olor, color y sabor. Esto, sencillamente, es no creer lo fácil: el testimonio de Dios viviente; y sin embargo creer lo imposible, los cambios transubstanciales inventados por la mente especulativa del hombre. Pero esos cambios, dice Cristo, no aprovecharían para nada, porque "la carne para nada aprovecha" (v.63). Sólo desde esta realidad, de que las palabras de Jesús "son espíritu y son vida", podremos entender lo que Jesús nos quiere decir, cuando añade:

"El que come mi carne y bebe mi sangre, en Mí permanece, y Yo en él" (v.56)

Por la fe participamos de esa plena comunión con el Señor, pues, "el que se une al Señor un espíritu es con El" (1 Cor. 6:17); no una carne o una sangre, sino un espíritu, "porque la carne para nada aprovecha, el Espíritu es el que da vida". Por eso el Señor nos exhorta en Su Palabra a que "el justo por la fe vivirá".

El hecho de participar por la fe en su cuerpo partido y en su sangre derramada, nos lleva a una nueva realidad de la convivencia entre el creyente y Cristo, confirmada en sus palabras: "en Mí permanece, y Yo en él". Esta es la razón fundamental de mi existencia: moverme, ser y estar en Cristo y Cristo en mí; dicho con otras palabras de la Escritura: "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí". Todo esto está garantizado por el Señor Jesús a todos aquellos que le aceptan en plena certidumbre de fe. Esta salvadora realidad, de "en Mí permanece y Yo en él", es algo que se vive al aceptar con humildad, que "Jesús tiene palabras de vida eterna" (v.68). Si crees, Él confirmará que Su Palabra es verdad. Y un día podrás decir: "Daré por respuesta a mi avergonzador, que en tu Palabra he confiado" (Salmo 119:42).

"Como me envió el Padre viviente, y Yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por Mí" (v.57)

Jesús con estas palabras nos quiere adentrar más en la realidad espiritual de Dios mismo, como claro ejemplo de Su íntima relación espiritual con el Padre. "Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y verdad es necesario que adoren" (Jn.4:24). Jesús nos quiere llevar a esta misma comunión espiritual con Él, por medio de su sacrificio en la cruz como fuente de reconciliación con Su Padre, con Quien vive, y así quiere que nosotros también vivamos por medio de Él y con Él.

"En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a Su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él" (1 Jn. 4:9). Este mismo deseo tiene el Padre para todo aquel que acepta que Jesús es Su Hijo. "Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios" (1 Jn. 4:15).

Este es el verdadero significado de sus palabras, cuando dice: "el que me come"; que sería lo mismo que decir: el que acepta mi obra salvadora en su vida, como fuente de gracia y de perdón, es a la vez lazo de unión espiritual que el mismo Espíritu actualiza permanentemente en comunión espiritual con el Hijo y con el Padre.

¡Qué promesa más grande la que Jesús nos hace: "Como Yo vivo por el Padre, asimismo el que Me come (el que cree en Mí), él también vivirá por Mí"!

Esta realidad inmensa de la vida del Hijo con el Padre se refleja también en la persona que acepta a Jesús, porque también vive por Jesús, como el mismo Jesús vive por el Padre. Por eso el  testimonio de Dios sigue siendo el mismo: "El que tiene al Hijo, tiene la vida". Y Pablo nos dice: "Y fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con Su Hijo Jesucristo nuestro Señor" (1 Cor. 1:9).

El mismo Dios confirmará en ti Su obra de amor en Su Hijo Jesucristo, si tú crees que Jesús es el Hijo de Dios, y tu Salvador.

Fco. Rodríguez

En la Calle Recta, Año XXXV Nro. 182

 

 

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Daniel Sapia - "Conoceréis la Verdad"

Apologética Cristiana - ® desde Junio 2000

www.conocereislaverdad.org

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