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La Justificación es por la Fe.

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PROLOGO

a la edición castellana

La doctrina de la justificación por la fe es común al protestantismo y al catolicismo. No obstante, existe una profunda diferencia entre la exposición evangélica y la exposición católica de la justificación por la fe. La diferencia va tan allá como para caracterizar al protestantismo de proclamador de la justificación por la fe, mientras el catolicismo jamás ha hecho especial hincapié en esta doctrina. Hoy, lo mismo que en la época de la Reforma, es precisamente la justificación por la fe el punto donde se bifurca el camino que el protestantismo y el catolicismo siguen a la par cuando basan su existencia en las Sagradas Escrituras. La diferencia a que nos referimos dimana no sólo del distinto concepto que de la fe tienen el protestantismo y el catolicismo, sino también de la diversidad de conceptos acerca de la gracia divina y la naturaleza humana. Y, bien mirado, no se trata de meras divergencias doctrinales que sólo interesan a los teólogos, sino trátase más bien de divergencias que tienen su repercusión en todos los aspectos de la vida individual y social.

La diversidad de conceptos mencionada se explica por sí sola al tener en cuenta que el protestantismo se funda y descansa única y exclusivamente en la Biblia como palabra divina revelada. El catolicismo también se basa en la Biblia, pero ha unido a la enseñanza bíblica doctrinas e ideas filosóficas y religiosas que nada tienen en común con la palabra divina revelada.

El concepto evangélico o protestante de la fe es puramente bíblico: tener fe equivale a tener un Dios, el Dios revelado en las Sagradas Escrituras, el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios en que el hombre pone toda su confianza, abandonándose sin recelos a su infinita misericordia. Por consiguiente, el hombre dependerá únicamente de la gracia divina que Dios mismo le otorga cómo y cuándo quiere. Por lo que al hombre respecta, su naturaleza es pecadora y su voluntad sólo es libre para inclinarse al mal; pues tantas veces como pretende hacer el bien no lo consigue. De modo que todos los esfuerzos del hombre por salir de su estado de pecado carecerán de resultado a no ser que la gracia divina le auxilie y fortalezca.

En el catolicismo la fe es, por el contrario, tener por cierto lo que la iglesia enseña, aunque el hombre, a veces, ni siquiera lo entienda. Es decir, el creyente católico ha de confiarse sólo indirectamente en Dios, pero directamente se confía en los "derechos divinos" de su iglesia (así enseña la teología católica), en los sacramentos, y en sus esfuerzos por colaborar en la obra de la gracia divina, perfeccionando su propia naturaleza mediante buenas obras. Se comprende que en este caso el hombre se considere apto para conquistarse la misericordia divina por sí mismo y en virtud de su confianza en la iglesia a que pertenece y a la que ciegamente obedece.

Claro está, tanto en el protestantismo  como en el catolicismo la fe se basa en la revelación de Dios.   Y la revelación plena y más clara de Dios es Jesucristo. Creer en Jesucristo como el Hijo de Dios es instrumento especialísimo de la misericordia divina es lo mismo que creer en Dios y su gracia redentora. Ahora bien, el protestantismo enseña que el hombre ha de poner toda su fe en Jesucristo y su obra, en sus hechos, en sus palabras y en su cruz. El hombre, pese a su pecado y a su voluntad sujeta al mal, o, mejor dicho, precisamente por causa de su pecado y su voluntad esclavizada, ha de confiar plenamente en la obra de Cristo como la revelación de la voluntad de Dios; en la muerte de Cristo como la expiación de los pecados de toda la humanidad en general y de cada uno de los hombres en particular. Es decir, el hombre ha de creer que Dios le ofrece y otorga el perdón de los pecados por su fe en la obra redentora de Cristo.  Con esto, el hombre sólo reconoce un Mediador entre Dios y él; ese Mediador único es Jesucristo.   Y Dios mismo, usando de su libre voluntad y   obrando conforme a su infinita misericordia, declara al hombre justo (esto es, le cuenta su fe por justicia) y le perdona sus pecados en esta vida y en la eternidad. La justificación del hombre tiene, pues, lugar sólo por la fe y sólo por la gracia divina, sin que las obras del hombre jueguen papel alguno en dicha justificación. Esto último no significa, claro es, que el hombre no haya de hacer buenas obras; pero éstas serán un fruto de su fe, de su justificación y de la regeneración que trae consigo la justificación.

El catolicismo considera este concepto de la justificación como "herético", a pesar de ser un concepto pura y netamente bíblico. El creyente católico confía, sí, en la obra redentora de Cristo, pero no directa ni exclusivamente, sino mediante su iglesia (la cual dispone de los méritos de Cristo, según la teología católica) y apoyándose, además, en sus buenas obras. De este modo, su justificación depende también de la iglesia; pues de no pertenecer a ella no podrá ser partícipe de los beneficios que los méritos de Cristo aportan. Por otro lado, Dios se ve obligado, por así decirlo, a justificar al hombre en recompensa a sus buenas obras. Es decir, la justificación que enseña el catolicismo es de un carácter jurídico ajeno al espíritu del Nuevo Testamento.

El error que hasta hoy padecen los teólogos católicos -error intencionado, por lo visto- es creer que, según la doctrina evangélica o protestante, el hombre tiene suficiente con su fe sin que le sea necesario realizar buenas obras. Este error nefasto, divulgado por todos los prelados católicos antiguos y modernos, ha envenenado las conciencias. En realidad, la teología evangélica de la Reforma -madre de toda teología evangélica en general- enseña que el hombre justificado por Dios es un hombre regenerado, el cual, como tal, ha de llevar una vida de arrepentimiento caracterizado por su pureza en todos los terrenos. De lo contrario, el hombre no tendrá la fe que justifica.

El creyente evangélico considera su vida como una continua justificación por parte de Dios y como un suplicar constante por dicha justificación; y movido por ello no deja de poner en práctica las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, es decir, se guía incesantemente por lo que éstas revelan y ordenan.

En el fondo, la teología católica y sus representantes no tienen nada que oponer a la doctrina evangélica de la justificación sólo por la fe. Pero su despecho es tan grande porque temen por la soberanía de la Iglesia. Hoy, como ayer, "los adversarios" de la Reforma dirigen contra ella sus ataques, que son ataques contra la verdad. Por eso es preciso que todo creyente cristiano conozca una doctrina tan esencial como la de la justificación.

La exposición que en las presentes páginas ofrecemos figura en la Apología de la Confesión de Ausburgo, la obra que los evangélicos alemanes presentaron al emperador Carlos V en Ausburgo, el año 1530. En el año 1531 se publicó una Apología de dicha Confesión compuesta por el sabio y piadoso Melanchthon. Nuestra exposición corresponde al Artículo II de la Apología, titulado: "De iustificatione" y que, a su vez, defiende el Artículo IV de la Confesión de Ausburgo; por eso encabezamos con tal artículo las presentes páginas.

Las abreviaturas empleadas son las usuales: (N.T.) -nota del traductor. Texto orig. lat.- texto original latino de la Apología de la Confesión de Ausburgo.

Las presentes páginas cumplirán su cometido si, además de ilustrar al lector sobre el tema que tratan, sirven de meditación, refrigerio espiritual y fortalecimiento de la única fe que justifica y salva.

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