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La justificación en General.

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Felipe Melanchthon

La Justificación por la Fe

Traducido de los originales alemán y latino,

anotado y prologado por M. GUTIERREZ - MARIN

 

CAPITULO I

LA JUSTIFICACIÓN EN GENERAL

Las Sagradas Escrituras contienen y enseñan dos puntos esenciales, que son: la ley y las promesas. Mientras unas veces se nos hace presente la ley, otras se nos revela la gracia divina en las gloriosas promesas de Cristo. Es decir, el Antiguo Testamento promete el advenimiento de Cristo y, con ello, el perdón de los pecados, la justificación y la vida eterna. El Nuevo Testamento, por su parte, enseña que Cristo ya advino al mundo, prometiendo también el perdón de los pecados, la justificación y la vida eterna.

Al referirnos a la ley, entendemos por ella los Diez Mandamientos, según se encuentran en las Sagradas Escrituras [1], pero prescindiremos de aludir a las ceremonias meramente célticas y a las demás leyes mosaicas de carácter jurídico.

Nuestros adversarios se acogen a la ley, considerándola suficiente para, por su cumplimiento, obtener el perdón de los pecados. Y razonan tal actitud arguyendo que la ley natural (la cual, sin duda, concuerda con la mosaica, o sea, con los Diez Mandamientos) es ingénita en el hombre y que, por consiguiente, la razón humana es capaz de entender y cumplir atinadamente los Diez Mandamientos. Sin embargo, los Diez Mandamientos no exigen sólo una recta conducta al hombre, ni preceptúan meramente algunas buenas obras; no exigen ni preceptúan, en fin, cosas factibles para la razón; sino los Diez Mandamientos ordenan mucho más; y esto que ordenan no puede cumplirse por propio esfuerzo, ni con ayuda de la razón. En primer lugar, exige el Decálogo (o sea, los Diez Mandamientos) que el hombre tenga verdadero amor y temor de Dios y que su invocación a Dios sea, asimismo, verdadera. Además, exige el Decálogo una firmeza inquebrantable  en Dios y la inconmovible seguridad de que Dios atiende nuestras súplicas, ya que sólo de El podemos esperar el auxilio y consuelo en toda aflicción y en el amargo trance de la muerte. En tercer lugar, exige el Decálogo se obedezca ciegamente a Dios, soportando toda angustia y peligro mortales, sin rehuirlos, antes bien, aceptándolos como impuestos por la divina y santa voluntad.

Los teólogos escolásticos [2] se apoyan en la filosofía y, por eso, al referirse a la justificación, enseñan que la justicia es alcanzable para el hombre, si éste observa una recta conducta ante el mundo y si realiza buenas obras. Además, añaden que la razón, por sí sola y sin necesidad del Espíritu Santo, es capaz de amar a Dios sobre todas las cosas.

No puede negarse que cuando el corazón humano anda ocioso, libre de tentaciones y sin sentir todo el peso y toda la enorme trascendencia de la ira y el juicio divinos, llega a figurarse que ama a Dios sobre todas las cosas y, también, que en su nombre lleva a cabo muchas buenas obras. Pero, en realidad, un corazón tal es un corazón hipócrita. No obstante, esto es lo que nuestros adversarios vienen enseñando. Dicen que un hombre puede lucrar el perdón de sus pecados haciendo tantas buenas obras como sea posible. Es decir, según ellos, la razón misma se conduele del pecado. Y de esto deducen la presta voluntad de amar a Dios realizando buenas obras.

Esta doctrina errónea, pero tan agradable al hombre (pues el hombre anhela se reconozcan y premien sus obras y méritos) ha conducido a los diversos cultos que enseña la teología católica y a los abusos que con ellos tienen lugar en la iglesia. Así lo vemos en los votos monásticos, en el escandaloso abuso de la misa y en muchas otras formas del culto. Todo ello dimana del error doctrinal que señalamos.

Por otro lado, al generalizarse más y más la confianza del creyente en sus propias obras y sus propios méritos, los adversarios han osado enseñar también que Dios otorgará, sin ningún género de dudas, su gracia a todos los que ejecuten buenas obras; no porque Dios esté obligado a obrar de tal modo, sino porque dicho proceder divino corresponde al orden establecido, orden que por haber sido implantado por Dios mismo, El no puede despreciar ni alterar.

Estas doctrinas encierran tantos y tan grandes y funestos errores, que se hace imposible enumerarlos ahora. Sin embargo, el lector cristiano prudente debería preguntarse lo siguiente: si la justicia del cristiano y, asimismo, su justificación, consisten en lo que las mencionadas doctrinas enseñan, ¿en qué se diferencia el Evangelio de la filosofía? Y si mediante nuestras obras o "actus elicitos" [3] es posible al hombre lograr el perdón de los pecados, ¿de qué nos sirve Cristo? Si podemos ser justificados en virtud de nuestra razón y de las obras que ella nos dicta y a cuya ejecución nos ayuda, ¿de qué nos sirven la sangre y la muerte de Cristo? ¿De qué nos valdrá que por Cristo seamos justificados, como enseñan las Sagradas Escrituras?

Esta falsa doctrina que denunciamos ha sido y es proclamada en las aulas teológicas y, asimismo, desde los pulpitos; y, desgraciadamente, ha conducido a que en las universidades de París, Lovaina  y  otras haya hoy renombrados teólogos que no conocen ni tratan otra justicia y otra justificación que la que se entiende filosóficamente, sin tener en cuenta que el Apóstol Pablo se refiere de continuo a la justicia y justificación verdaderas. En realidad, deberíamos ser nosotros los que se burlasen de tales hombres, en vista de sus enseñanzas totalmente ajenas a la Biblia; pero, por el contrario, son ellos los que se ríen de nosotros y hasta se mofan del Apóstol Pablo, menospreciándole: ¡De tal modo se ha impuesto ya el error!

En cierta ocasión, oímos nosotros a un famoso predicador, en cuya plática no se hacía mención tácita ni expresa de Cristo y el Evangelio, antes bien, referíase el orador exclusivamente a la ética de Aristóteles [4]. Y, decimos nosotros, ¿no es, acaso, pura necedad una prédica tal entre cristianos? Sin embargo, de ser cierta la doctrina de nuestros adversarios, habría de considerarse la ética de Aristóteles como inapreciable libro de devoción y hasta como nueva y preciosa Biblia; porque no es fácil se haya escrito ni se escriba jamás sobre la buena conducta como lo hizo Aristóteles.

Asimismo, conocemos los libros de algunos sabios de renombre, libros en los que se pretende hacer patente una  concordancia y  armonía existentes entre las palabras de Cristo y las sentencias de Sócrates y Cenón [5]. ¡Como si Cristo hubiera venido al mundo para promulgar leyes buenas y preceptos mediante los que se pueda obtener el perdón de los pecados! Mas esto no es así, sino Cristo vino para predicar la gracia, para anunciar la paz divina y para hacernos partícipes del Espíritu Santo por sus méritos y por su propia sangre.

Si nosotros abundásemos en las ideas de nuestros adversarios, y compartiésemos sus doctrinas, o sea, si creyésemos poder obtener el perdón de nuestros pecados y la justificación en virtud de nuestra razón natural y nuestras buenas obras, seríamos "aristotélicos", pero en modo alguno "cristianos" y, a la vez, tampoco haríamos distinción de ningún género entre la justicia humana, según la enseña la filosofía, y la justicia cristiana; ni entre la vida realmente cristiana y la vida farisaica; ni, tampoco, entre la filosofía y el Evangelio.

Ciertamente, nuestros adversarios, por no posponer el nombre de Cristo al de los filósofos paganos, afirman que la fe es el conocimiento de la vida de Cristo y, además, enseñan que Cristo ha adquirido para todos nosotros un "habitum" o "primam gratiam". Este "hábito" o "gracia inicial" es, según ellos, la inclinación que, gracias a Cristo, el hombre posee para poder amar a Dios más fácilmente que si sólo se confiase en la razón y en las obras propias. Pero, decimos nosotros, en tal caso, la obra misma de Cristo o, dicho de otro modo, las consecuencias del "hábito" o "gracia inicial" serían algo de escaso valor. Porque los adversarios afirman también que las obras de nuestra razón y voluntad son "eiusdem speciei", o sea idénticas a las realizadas antes de obtener el "hábito". Esta peregrina afirmación la fundamentan indicando que la razón y la voluntad humanas poseen la facultad de amar a Dios, mientras que el "habitum" engendra una nueva inclinación en el hombre, en virtud de la cual la razón se complace en amar a Dios y se ve más capacitada para llevar a cabo buenas obras. Pero, precisamente por esto, también enseñan los adversarios que dicho "hábito" ha de adquirirse mediante las obras ya ejecutadas antes de recibirle; otrosí, que mediante las obras de la Ley contribuimos al crecimiento de la inclinación mencionada y ganamos la vida eterna. Con estas doctrinas, quienes las enseñan nos ocultan a Cristo, sepultándole de nuevo y haciendo así imposible le reconozcamos como el único Mediador entre Dios y nosotros. En primer lugar, no enseñan tales doctrinas que por Cristo obtenemos el perdón de nuestros pecados, sólo por Cristo, sólo por la gracia y sin mérito alguno por nuestra parte. Y, en segundo lugar, se hacen nuestros adversarios vanas ilusiones al pensar que el hombre puede adquirir el perdón de los pecados ejecutando buenas obras y cumpliendo la Ley; toda vez que las Sagradas Escrituras nos enseñan que nosotros somos incapaces de observar y cumplir la Ley.   Por lo que a nuestra razón atañe, del mismo modo que no consigue más que la realización externa de algunas obras de la Ley, mientras, en el fondo, desconoce el temor de Dios, tampoco cree sinceramente que Dios tiene en cuenta dichas obras. La doctrina del "habitum" que enseñan nuestros adversarios no es, en sí, falta, pero habría de añadirse a ella que sin la fe de Cristo el corazón humano no puede sentir de ningún modo el amor de Cristo. De donde se desprende, que para entender en lo que consiste el amor a Dios, será imprescindible tener ya antes la fe.

* * *

Cuando nuestros adversarios establecen la diferencia entre el "mérito congrui" y el "mérito condigni", o sea, entre el mérito correspondiente a la calidad de las obras y el mérito verdadero o completo de las mismas, se reducen, más bien, a un mero juego de palabras para evitar se les tache de "pelagianos" [5]. Porque si Dios se viera obligado a otorgar su gracia en vista del mérito correspondiente a las obras, dicho mérito no sería "congrui", sino solamente un "mérito condigni" o completo. ¡Pero es que ni siquiera saben lo que dicen! Por un lado, se figuran que al obtener el "habitum" de amar a Dios -como antes indicamos- el hombre logra la gracia divina, ora por los méritos correspondientes a sus obras, ora por méritos "de congruo". Pero, por otro lado, afirman que nadie está seguro de poseer dicho "habitum". Y somos nosotros los que ahora preguntamos: -Pero, señores, ¿cómo y de qué modo sabéis que sois merecedores de la gracia de Dios, nuestro Señor, en virtud de unos u otros méritos?

¡Oh, Señor y Dios nuestro, todo esto no son sino fríos cálculos y vanas ilusiones de hombres indolentes, nefastos y sin experiencia, que ni aplican las Sagradas Escrituras a la práctica, ni conocen el alma del pecador, ni saben de las tentaciones de la muerte y el diablo, ni, en fin, tienen tampoco en cuenta que los hombres olvidamos todo mérito y obra cuando advertimos la ira divina y cuando sufrimos las angustias de la conciencia atemorizada!

Esos hombres optimistas, hipócritas o inexperimentados viven en la errónea idea de conquistarse la gracia de Dios con sus obras "de congruo". Viven así, porque a los hombres no es ingénito el considerarnos a nosotros mismos, y también nuestras obras, como algo por demás estimable. Mas cuando en el fondo de nuestra conciencia sentimos de verdad todo el peso del pecado y la plena realidad de nuestra desdichada situación, en seguida se nos desvanece el optimismo para dar lugar al pavor; y entonces no hay corazón ni conciencia que se tranquilicen, sino que con afán se procura hacer obras de todo género, se ansia la certeza necesaria, se quisiera reposar sobre inconmovible fundamento. Y las conciencias atemorizadas, sintiendo que no le es posible al hombre lucrar lo más mínimo mediante méritos "de condigno" o "de congruo", acabarían por sumirse lentamente en el desaliento y la desesperación de no haber, también, otra enseñanza junto a la de la Ley, o sea la doctrina del Evangelio, la cual predica a Cristo, al Cristo entregado para perdón de nuestros pecados y para justificación nuestra, por la fe.

Conocemos el frecuente caso de monjes franciscanos que en la hora de la muerte se olvidaron por completo de alabar, como en vida hacían, sus preceptos monásticos y sus obras, y tampoco invocaron en esa hora postrera a su orden ni al fundador, San Francisco, sino exclamaron: -¡Amado mortal, Cristo ha muerto por ti!

Y estas palabras fueron su único consuelo, la única fuente de paz que calmó sus temores y angustias.

* * *

La justicia que nuestros adversarios enseñan es la justicia externa y racional de las buenas obras, justicia que el Apóstol Pablo califica de "justicia de la Ley". Sucédeles, en fin, como a los judíos, los cuales sólo podían ver el velo con que Moisés encubría su rostro [7].

En realidad, no hacen sino confirmar a los hipócritas en su seguridad optimista y en su endurecido corazón: enseñan a los hombres a edificar sobre la arena, esto es, sobre sus propias obras, menospreciando así a Cristo y su Evangelio; son los causantes de la desdicha de quienes con temerosa conciencia realizan buenas obras, fundándose en una funesta ilusión, pero que por no haber aprendido jamás cuan grande cosa es la fe acaban por hundirse en la desesperación.

Por nuestra parte, también consideramos que Dios exige de nosotros la justicia externa o, dicho sea de otro modo, una buena conducta, y sabemos, asimismo, que es preciso cumplir los Mandamientos divinos, poniendo en práctica las obras preceptuadas en el Decálogo; porque "la Ley es nuestro maestro" [8] y ha sido impuesta a los injustos [9]. Según la voluntad divina, una disciplina severa ha de impedir los pecados carnales. Como garantía del cumplimiento de la voluntad de Dios fue promulgada la Ley y, asimismo, han sido establecidas las autoridades -escogidas por Dios mismo por tales-, personas prudentes y sabias que gobiernen.

Valiéndose de la razón natural será, sin duda, posible, establecer para otros y llevar uno mismo una vida honesta y recatada, si bien ésta se verá frecuentemente alterada por la fragilidad de algunos y las malas artes del diablo. Sin embargo, aun cuando alabemos la buena conducta y las buenas obras como lo merezcan; aunque reconozcamos que en este mundo nada supera a la honestidad y la virtud en general, como dice Aristóteles: "Ni el lucero de la mañana, ni la estrella vespertina sobrepujan en belleza a la honradez y la justicia"; aun cuando sepamos que Dios recompensa toda virtud con inapreciables dones, no tenemos derecho a ensalzar las buenas obras y la buena conducta tanto como que suponga un rebajamiento de la persona y la obra de Cristo.

Por consiguiente, formularemos las siguientes conclusiones:

-Es un error creer que con nuestras obras logramos el perdón de los pecados.

-Es un error creer que el hombre es declarado justo por Dios en virtud de su justicia externa y racional, o sea, en virtud de sus obras y justicia externas.

-Es un error creer que la razón humana, de por sí, puede amar a Dios sobre todas las cosas, puede guardar sus mandamientos y temerle, puede confiar firmemente en que Dios atiende la oración y puede demostrarle gratitud, puede conformarse con toda necesidad y angustia, obedeciendo, asimismo, los mandamientos de la Ley, por ejemplo, al no codiciar lo que al prójimo pertenece. La razón no es capaz de conseguir hacer nada de esto, si bien puede inspirar y enseñar a llevar una vida honesta y a realizar buenas obras.

-Es un error, y un escarnio de la persona de Cristo, creer que carecen de pecado quienes cumplen externamente los mandamientos divinos sin poseer el Espíritu Santo y la gracia divina.

En apoyo de estas conclusiones tenemos no sólo el testimonio de las Sagradas Escrituras, sino, también, el de los antiguos Padres de la Iglesia. San Agustín, en su controversia con los pelagianos, afirma repetidas veces que no recibimos la gracia divina en pago a nuestros merecimientos. En su obra "De natura et gratia" [10] dice: "Si a la naturaleza humana fuérale posible, valiéndose de la libre voluntad, conocer el modo de vivir conforme a la voluntad divina, Cristo habría muerto en vano y el escándalo de la cruz persistiría. ¿Por qué no he de clamar a gran voz contra tal opinión? Clamo y me conduelo cristianamente, diciendo: ¡Vacíos estáis de Cristo si esperáis la justificación por las obras de la Ley! ¡Habéis caído de la gracia [11]; pues desconocéis la justicia propia y os habéis desentendido de la verdadera. Así como Cristo es el fin de la Ley, también Él es el Salvador de la naturaleza humana perdida, para justicia de los creyentes" [12].

Asimismo, leemos en Juan 8, v. 36: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres."  De donde se deduce, que ni por nuestra razón, ni mediante nuestras obras podemos libertarnos del pecado o adquirir el perdón. Otrosí, dice el Evangelio: "Todo el que no nazca de nuevo de agua y Espíritu no entrará en el Reino de Dios" [13]. Siendo esto así, es decir: si la regeneración por medio del Espíritu Santo es necesaria, no podremos ser justificados por nuestras obras o nuestros méritos y, asimismo, tampoco lograremos cumplir la Ley. "Todos son pecadores, sin excepción y carecen de la gloria de Dios", afirma el Apóstol Pablo [14]. Esto es; todos carecemos de aquella sabiduría y justicia que conoce y glorifica a Dios. "La sensualidad es enemistad contra Dios, pues ni se sujeta a la Ley divina ni siquiera es capaz de atenerse a ella. Empero los hombres carnales no agradarán a Dios" [15].

La claridad de estos testimonios bíblicos es tal, que podemos entenderlos sin apelar a agudas reflexiones; pues basta con leerlos atentamente, como San Agustín dice. Ahora bien; si la sensualidad es enemistad contra Dios, no habrá hombre alguno apto para amar a Dios, a no ser intervenga el Espíritu Santo. Y si, del mismo modo, no es posible sujetarse a la Ley divina tampoco podrá amarse a Dios. Además, si la sensualidad es enemistad con Dios, aun nuestras mejores obras siempre serán impuras y de carácter pecador; y si la carne no es capaz de sujetarse a la ley divina, el hombre siempre pecará, aun en el caso que realice obras dignas del aplauso y la admiración del mundo entero.

En realidad, nuestros adversarios sólo tienen en cuenta los mandamientos que figuran en la segunda tabla de la Ley mosaica, mandamientos que se refieren a la buena conducta, como nuestra razón, sin dificultad, así lo entiende. Pero ellos ya piensan cumplir la Ley de Dios al poner en práctica algunas buenas obras. Mas, no ponen atención en la primera tabla de la Ley mosaica, en la cual se indica y ordena: que amemos a Dios y no dudemos de que Él se aira en vista del pecado; que le tememos de verdad y confiemos sin recelos en que Él atiende nuestras oraciones, etc., como ya antes dijimos.

Ahora bien; antes de ser nosotros regenerados por el Espíritu Santo, nos consideramos ya tan seguros que menospreciamos la ira y el juicio divinos y rehuímos y odiamos su castigo y su sentencia; hacemos caso omiso, en fin, de la primera tabla de la Ley. Pues es inherente a nuestra naturaleza menospreciar a Dios y dudar de sus palabras, sus amonestaciones y sus promesas. De modo que, antes de ser regenerados por el Espíritu Santo, nuestras mejores obras son hechas con un corazón impío, pese a que obtengan los plácemes del mundo. El Apóstol Pablo dice: "Todo lo que no es de fe es de pecado" [16]. Por consiguiente, quienes se confían en sus propias obras las ejecutan sin fe, menosprecian a Dios y se atienen al juicio de Dios menos que a Epicuro [17]. Ese menosprecio a Dios impregna ya las buenas obras de pe­cado; porque Dios escudriña los corazones.

* * *

Por último, el error, también grandísimo, de nuestros adversarios consiste en afirmar que el hombre (merecedor siempre de la ira divina) logrará el perdón de sus pecados en virtud de su amor a Dios, o, dicho con sus propias palabras, en virtud del "actum elicitum dilectionis". Esto no es posible -decimos nosotros-, por cuanto el hombre sólo es apto para amar a Dios una vez que ha entendido y aceptado el perdón de sus pecados. No existe corazón humano alguno temeroso de la ira de Dios y capaz de amarle, a no ser que Dios mismo le alivie y consuele, mostrándose clemente con él. Al atemorizarnos Dios con sus serias amenazas (como si quisiera condenarnos a muerte eterna) nuestra naturaleza se amedrenta, tiembla ante la ira divina -que amenaza y castiga- y, en esta situación, no nos es posible sentir el menor amor a Dios. Claro está, personas de espíritu tan negligente como superficial no reparan en hacerse ilusiones respecto a su amor a Dios y hasta aseguran que aunque alguien se encuentre en pecado mortal esto no le impedirá amar a Dios sobre todas las cosas. Dichas personas ni sienten ni conocen todo el peso del pecado ni tampoco el tormento que supone saberse bajo la ira y el juicio divinos. El corazón piadoso, por el contrario, enriquecido de experiencia en sus luchas contra el diablo, conoce a fondo los temores de la conciencia y considera las palabras de aquellas personas como la expresión de ilusiones y pensamientos vanos. "La ley engendra la ira", dice el Apóstol Pablo [18]; pero no dice que el hombre cumplidor de la Ley logre, con ello, el perdón de los pecados. Antes al contrario; la Ley acusa sin cesar a la conciencia y la atemoriza. Y como la conciencia atemorizada huye de Dios y de su juicio, resulta que la Ley no puede en modo alguno justificar al hombre que pretenda cumplirla. Por consiguiente, yerran quienes piensan merecer el perdón de sus pecados en pago a sus obras o en virtud de la Ley.

Baste lo que acabamos de indicar acerca del concepto de la justicia que tienen los ejecutores de las buenas obras y los que se valen, sobre todo, de su razón. Cuando pasemos a tratar la verdadera justificación por la fe, aportaremos los testimonios bíblicos. Es decir, éstos valdrán de por sí como testimonios suficientes para refutar rotundamente los errores que denunciamos.

* * *

Dado que no hay hombre capaz de cumplir la Ley valiéndose de sus propios recursos naturales, y dado también que todos nos hallamos bajo pecado y nos hacemos culpables de la ira divina, la Ley no podrá librarnos del pecado ni podrá justificarnos. Antes bien; el perdón y la justificación nos han sido prometidos en virtud de Cristo, el cual fue entregado por nosotros a fin de que expiara el pecado del mundo, y fue hecho Mediador y Salvador nuestro. Esta promesa en Cristo no exige como condición primordial nuestros propios méritos, sino el perdón de nuestros pecados y la justificación se nos ofrecen gratuitamente, por pura gracia de Dios, como dice el Apóstol Pablo: "Si la justificación es por las obras, nula es la gracia" [19]. Asimismo: "La justicia divina se ha hecho manifiesta sin la Ley" [20]. Y esto significa que el perdón de los pecados se nos ofrece gratuitamente. Por consiguiente, la reconciliación del hombre con Dios no se funda en nuestros méritos, porque si de éstos dependiera el perdón de los pecados y si la reconciliación con Dios se verificase en virtud de la Ley, ambas cosas serían inútiles. Lo serían toda vez que nosotros no cumplimos ni podemos cumplir la Ley y, por lo tanto, por tal camino jamás lograríamos la gracia y la reconciliación prometidas. El Apóstol Pablo concluye diciendo: "Si la herencia proviene de la Ley, la fe no será nada y la promesa resultará abolida" [21]. Y -decimos nosotros- si la promesa se fundara en nuestros méritos propios y en la Ley, habría de colegirse que la promesa fue hecha en vano, por cuanto, a nosotros nos es imposible cumplir la Ley. Del mismo modo, si somos justificados sólo por la gracia y la misericordia divinas que nos han sido prometidas en Cristo, habremos de colegir que no seremos justificados por nuestras obras. Pues si así fuera, ¿de qué valdría la gloriosa promesa divina? ¿Y por qué razón había de alabar el Apóstol Pablo en tales términos la gracia? Precisamente porque resulta imposible recibir la promesa estando fuera de la fe, el Evangelio enseña y ensalza la justicia de la fe en Cristo, una justicia distinta a la de la Ley. (El Evangelio en sí significa ya la promesa del perdón de los pecados y de la justificación por Cristo). La Ley, a su vez, nada enseña acerca de tal justicia porque se trata de una justicia más elevada y que sobrepuja a todo lo que la Ley concierne. Lo que la Ley exige de nosotros es: aquellas obras que habremos de hacer con temeroso corazón y limpia conciencia. Asimismo, exige la Ley nuestra perfección. La promesa, por el contrario, nos ha sido hecha en vista de que estamos sujetos al pecado y a la muerte; y la misma promesa nos ofrece la gracia y el auxilio divinos además de la reconciliación por Cristo. Ahora bien; esta gracia no se recibe por las obras, sino sólo por la fe. La fe, a su vez, no se presenta ante Dios confiándose en mérito alguno propio, sino se basa únicamente en la gracia y se abandona sin recelos a la promesa misericordiosa que le ha sido hecha en Cristo. Es una fe que podríamos llamar "fides specialis" [22], es decir, la fe que cada hombre en particular tiene en el perdón de sus pecados por Cristo Salvador. Y esta fe, precisamente, obtiene el perdón de los pecados por Cristo y nos justifica. Sólo en esta fe cabe el verdadero arrepentimiento y sólo ella nos consuela y nos libra del horror al pecado y a la muerte. De este mismo modo, somos regenerados por la fe y, también por la fe recibimos el don del Espíritu Santo. Éste renueva nuestro corazón, haciéndonos aptos para cumplir la Ley, esto es, para amar y temer a Dios; para confiar firmemente en nuestra salvación por Cristo y en que Dios escucha nuestras oraciones; para someternos gozosos a la voluntad divina en toda aflicción y en la hora de la muerte y, en fin, para dominar nuestra concupiscencia, etc.

Además, esta fe que por gracia divina recibe el perdón de los pecados, no intenta aplacar la ira de Dios con buenas obras (lo cual sería como si una pluma se opusiera al vendaval), antes bien, se confía ciegamente en Cristo Mediador, con lo cual demuestra un verdadero conocimiento de Cristo Salvador. Todo hombre que tenga tal fe, conocerá los beneficios de Cristo y será regenerado. Pero antes de tener esta fe será imposible cumplir la Ley.

La doctrina de nuestros adversarios no menciona ni siquiera con una sílaba esta fe. En esto nos basamos para reprocharles que únicamente enseñan la justificación de la Ley, o sea la justificación del Evangelio. Éste enseña que el hombre es justificado por su fe en Cristo.

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