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La limpieza del sacerdote creyente en Cristo.

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CAPÍTULO VI LA LIMPIEZA DE LOS SACERDOTES Las distintas condiciones por la respuesta a la oración, dependen de estar en armonía con la mente y la voluntad de Dios. "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros", es una condición. Demanda una relación con el Señor por parte del individuo, en la que la dirección de Dios es seguida y su voluntad escrita es conocida. Permanecer en Cristo significa guardar sus mandamientos (Jn 15:10), y estar en compañerismo estrecho con él. Tener su palabra habitando en nosotros significa ser enseñado en las Escrituras. A aquel que ha sido de esa manera traído a una completa armonía con el propósito divino, se le puede decir con toda certeza, "Pedid todo lo que queréis, y os será hecho". Por consiguiente, esta promesa de oración no es ilimitada, como se supone algunas veces, sino que es calificada por medio del requisito de un ajuste a la voluntad de Dios en la mente y el corazón del intercesor. Así, también, la repetida condición, "en mi nombre", solamente admite temas en la oración que se relacionan con glorificar a Cristo y con los proyectos de su obra no terminada en el mundo. Otra condición en la oración se nota en Marcos 11:24: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá". Esta no incluye todo asunto por el que se ore; porque sería imposible creer que Dios daría algo que fuese inconsistente con su propósito o su ser. Todas las peticiones caen en dos clases. Cuando no hay revelación de la voluntad de Dios, el que ora nunca pasará la barrera de las palabras calificadoras: "sea hecha tu voluntad, no la mía". Pero cuando existe la revelación de la voluntad de Dios, esa barrera desaparece, y el vacilar de la voluntad de Dios, cuando ésta es claramente descrita, no es sino dudar de la palabra. La intercesión sacerdotal del creyente, la cual es un elemento necesario en el evangelismo verdadero, cae en la esfera de esta última fase de la oración. Esta es nada menos que los movimientos poderosos del "poder de Dios para salvación", ya que el Espíritu la invita. Es una gloriosa coparticipación humana con el divino Pastor en su solicitud y esfuerzo en buscar a los perdidos. Toda posible pregunta en cuanto a la voluntad divina en la salvación, santificación y glorificación de los hombres ha sido, en forma total, contestada en la revelación del corazón de Dios a través del sacrificio de la cruz. Su eterno poder y deidad fueron manifestados en las cosas creadas: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Ro 1:20). Su compasión y amor hacia la humanidad desvalida fueron revelados en la cruz de Cristo; como está escrito: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer" (Jn 1:18). "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Jn 3:16). "Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1Ti 2:3-4). "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo" (2Co 5:19). En los pasajes anteriores leímos que todo el fundamento de la salvación ha sido completado, y que existe una revelación suficiente del propósito y la voluntad de Dios en la redención de todos los hombres por medio de Jesucristo. Por lo tanto, ya que sus promesas, con relación a la oración, aún permanecen en pie, es claro que todos los obstáculos a los movimientos del Señor en la salvación se deben a errores humanos. Puede ser que los creyentes no cumplan sus obligaciones en el lugar santo, o que los inconversos, al ser redargüidos, rechacen la visión. Al haber poca evidencia de alguna nueva visión recibida, o rechazada, por parte de los inconversos, la solución a la pregunta en cuanto al por qué no hay más poder salvador, debe buscarse en el aspecto del ministerio de intercesión. Hemos visto que, aunque puede haber poca demanda para la purificación en el ejercicio de los dones, donde el servicio es solamente del hombre hacia el hombre, no puede haber entrada en el Lugar Santo sin antes ser lavado o limpiado de la contaminación que solamente Dios puede ver. Este limpiamiento ha sido tipificado por la fuente que estaba colocada a la entrada del "Lugar Santísimo" en el tabernáculo antiguo. La necesidad de la limpieza especial del sacerdote antes de acercarse a la presencia de Jehová era enfatizada por la pena de muerte si ésta era omitida. El pasaje en Éxodo 30:17-21 dice: "Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Harás también una fuente de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavarán las manos y los pies, para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones". La repetición de esta verdad se encuentra en varios pasajes del Nuevo Testamento en donde se explica el limpiamiento del sacerdote-creyente. En Juan 13:3-11, Jesús habla del primer tiempo de la salvación como un baño completo: "El que está lavado"; y, en contraste con esto, también señala su propio trabajo de remover la inmundicia que uno adquiere en contacto con el mundo. Esta limpieza del creyente es tipificada por medio del lavamiento de los pies. Esto es bastante ilustrativo, cuando se compara con el lavamiento completo de preparación del sacerdote Aarónico que era exigido cuando éste entraba en su oficio sacerdotal (Ex. 29:4) y el necesario y repetido lavamiento parcial antes de entrar cada vez en el Lugar Santo en el curso de su ministerio sacerdotal. Juan 13:3-11, el pasaje que enseña el posible limpiamiento del sacerdote-creyente, dice lo siguiente: "Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos". El Dr. C. I. Scofield escribió la siguiente nota en la Biblia Anotada: "Al fondo de este lenguaje figurado se halla la idea acerca de un noble oriental que regresa de los baños públicos a su casa. Sus pies podrían haber contraído impureza en el camino y necesitaban limpiarse, pero no su cuerpo. Así el creyente ha sido ya purificado, en cuanto a la ley, de todo pecado, 'una sola vez para siempre' (He 10:1-12); pero siempre necesita confesar los pecados de cada día al Padre, a fin de poder permanecer en comunión no interrumpida con él y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1:1-10). La sangre de Cristo es la respuesta definitiva a todo lo que la ley podría decir respecto a la culpabilidad del creyente; pero éste necesita purificarse constantemente de la contaminación del pecado. (Véase 1 Juan 5:6). Típicamente, el orden de acercamiento a la presencia de Dios en el tabernáculo, era primero el altar del sacrificio, y después el lavacro de la purificación (Ex. 40:6-7). Véase también este orden en Éxodo 30:17-21. Cristo no puede tener comunión con un santo que está contaminado, pero sí puede y quiere limpiarle". Veamos otros textos que señalan la limpieza del sacerdote del Nuevo Testamento: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha" (Ef 5:25-27). "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1Jn 1:6-9). "Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra" (2Ti 2:19-21). Anteriormente, el sacerdote Aarónico sufría la muerte instantánea si atentaba entrar en el Lugar Santísimo sin el lavamiento que era requerido por la ley. Aunque ese castigo no es vigente bajo la gracia, es evidente que no hay poder constante en la oración o efectividad en el ministerio entre tanto que el pecado y la contaminación no sean eliminados de la vida del creyente. Como el sacerdote del Antiguo Testamento fracasaba en su oficio al no estar preparado delante de la presencia de Dios, así también el sacerdote del Nuevo Testamento, por la misma causa, pierde mucho de su privilegio en el servicio y comunión con Cristo. Su ministerio sacerdotal de sacrificio, en el cual él presenta su cuerpo, su alabanza y su benevolencia, puede realizarse de manera externa, ya que él está bajo gracia; pero no puede ser efectivo cuando, a causa del pecado, es un ministerio que no es aceptable delante de Dios. De igual manera, su ministerio de intercesión sacerdotal no recibirá bendición alguna. En esto, como en el ministerio del sacrificio, la pérdida es sin medida. No solamente son todos sus servicios a Dios y las bendiciones a los hombres obstaculizadas, sino que él mismo carece del gozo y la paz del compañerismo con Cristo. Por lo cual, es de gran importancia comprender que por su contaminación, no solamente su ministerio sacerdotal es privado, sino que también su propia comunión con el Señor se interrumpe. "Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1Jn 1:6-7). "Estas cosas [acerca de permanecer en Cristo] os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido" (Jn 15:11). ". . . De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido " (Jn 16:23-24). "Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos" (Jn 17:13). "Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido " (1Jn 1:3-4). Por lo tanto, se puede concluir que el pecado en el creyente obstruye todas las facetas del oficio sacerdotal, hace imposible el compañerismo con Cristo, y le roba el gozo personal y las bendiciones. La limitación puesta sobre la oración de intercesión sacerdotal debido a algún pecado oculto es el único aspecto de esa verdad que está directamente relacionado con el evangelismo. Los siguientes pasajes demuestran con certeza que el pecado obstruye directamente la oración victoriosa: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado" (Sal 66:18). "He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír" (Is 59:1-2). "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda" (Mt 5:23-24). "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho" (Jn 15:7). "Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda" (1Ti 2:8). "Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites" (Stg 4:2-3). "Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho" (Stg 5:16). "Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo" (1P 3:7). No hay un punto más estratégico para el ataque sutil de Satanás contra el plan y la obra de Dios en salvar a los hombres que el punto de la santificación; porque, si el limpiamiento puede ser estorbado, gran parte de la cooperación humana en el plan de Dios en "buscar a los perdidos" es interrumpido también. Esta influencia satánica se refleja primeramente en el hecho de que los cristianos, casi universalmente, ignoran la provisión divina por la cual ellos pueden ser libres de toda inmundicia; en segundo lugar, está la tendencia de la carne a resistir los requisitos necesarios de Dios, aun cuando estos son comprendidos. La oferta explícita al inconverso del perdón de sus pecados tiene como condición que reciba a Cristo como Salvador personal, y hay también otra oferta igualmente explícita hecha al cristiano para el perdón de su pecado y contaminación. La condición es confesar sus pecados. "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1Jn 1:9). Este pasaje nunca es aplicable al inconverso. La oferta de perdón para el inconverso y la oferta del creyente no deben ser nunca confundidas. Mientras ambas son hechas posibles por la sangre de Jesús, la cuestión del pecado en el inconverso es tratada como parte total del primer tiempo de la salvación, el cual no puede ser dividido, y es unido por Cristo al baño completo; mientras que la cuestión del pecado en el creyente es distinta, ya que ningún otro aspecto de la salvación es privado por su pecado. Por consiguiente, eliminar su contaminación es todo lo que se exige, y eso es relacionado por Cristo con el lavamiento de los pies de aquel que regresa de haberse dado un baño completo. La parábola del hijo pródigo ilustra la manera en que un cristiano puede regresar al compañerismo y a la bendición de Dios. No hay evidencia de que él era menos hijo "en el país lejano" que lo que él era en su propia casa; ni tampoco de que él regresó a la casa de su padre en base de algún sacrificio o expiación: Está escrito que él regresó basándose en la confesión; porque dice que él se levantó y vino a su padre, y le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo". En conexión con esto, podemos ver que la confesión es el único requisito que se demanda razonablemente de un creyente en pecado; porque la base de cualquier compañerismo verdadero es una armonización de pensamiento y propósito. De ahí que cualquier pecado interrumpa compañerismo (aunque no su salvación) con un Dios santo. Cuando esto ocurre, sólo una franca admisión de culpabilidad y fracaso por parte del que ha pecado restablecerá la relación con su Señor. El no confesar significa afirmar que lo bueno es malo, y lo malo es bueno, lo cual sería una contradicción de la misma naturaleza y del carácter de Dios. La confesión abre de nuevo la vía del compañerismo con Dios y el libre acceso a su presencia, pero en ninguna manera hace expiación por el pecado. La propiciación por el pecado fue perfectamente realizada en la cruz. Desde su ascensión, Cristo ha estado continuamente presentando la defensa de la eficacia del sacrificio de su muerte en beneficio de los suyos (Ro 8:33-34; He 7:25). Por lo tanto, para el cristiano está escrito: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". El pecado no es perdonado por un acto inmediato de misericordia, sino que es perdonado en base al sacrificio hecho "una vez para siempre" en la cruz. Entonces se dice que Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados en lugar de decir que es benévolo y misericordioso para perdonar nuestros pecados. La importancia de la confesión de pecado y del juicio propio es mencionada también en 1 Corintios 11:31-32. "Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo". Al considerar este importante pasaje, debe notarse lo siguiente: I. Esta escritura, como la que se relaciona a la confesión de pecado, es dirigida solamente a los creyentes. II. El creyente tiene primeramente la oportunidad de juzgarse a sí mismo delante de Dios, y si él fracasase en el juicio voluntario, Dios le juzgará por medio del castigo. III. Y el castigo de Dios es dado para que él no sea condenado con el mundo. Con relación a esto debe recordarse que Dios tiene un pacto con sus hijos con la finalidad de que ellos "no vendrán a condenación". "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Jn 5:24). Y también, "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Ro 8:1). La completa relación entre el creyente y Dios es una relación eterna como hijo, la cual no puede ser quebrantada; de ahí que todos sus juicios sobre los suyos sean para corrección, mientras que sus juicios sobre los inconversos son para condenación. "El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios" (Jn 3:18). La misma relación familiar de un padre hacia su hijo es manifestada a través del Antiguo y del Nuevo Testamento. "Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti" (2S 7:14-15). "Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás. Mas por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá" (2S 12:13-14). "El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús" (1Co 5:5). "Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. En verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados" (He 12:3-15). "Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará para que lleve más fruto" (Jn 15:2). A través de estas extensas citas bíblicas se verá que el cristiano tiene el privilegio de "andar en la luz, como él está en luz", lo cual no significa necesariamente una vida sin pecado; pero sí significa la humilde confesión de todos los frutos de la naturaleza pecaminosa, y una actitud de obediencia para cumplir toda demanda de Dios para quitar el pecado. Si la confesión de pecado y el juicio propio no es hecho de voluntad, tiene que haber un castigo de parte de Dios, para que el creyente no sea condenado con el mundo. La ejecución de ese castigo, al parecer, es algunas veces dada a Satanás (1Co 5:5; 1Ti 1:20). Si no hay fruto después del castigo, entonces Dios quita el pámpano (Jn 15:2). Esto no es una pérdida de la salvación, sino que es una completa separación de la vida terrenal y del servicio. Hay dos preguntas prácticas que surgen en conexión con la confesión de pecado por parte del creyente. Primeramente, ¿Cómo podemos saber lo que hemos de confesar? y en segundo lugar, ¿con quién debemos confesarnos? En respuesta a la primera pregunta veamos, por lo menos, tres maneras por las que un cristiano puede conocer su desigualdad a la mente y el carácter de Dios. Estas son: I. La Palabra de Dios, cuyas enseñanzas probablemente uno ha abandonado o transgredido. "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra" (2Ti 3:16-17). II. La fiel amonestación de los miembros del cuerpo de Cristo. "Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia tenle por gentil y publicano" (Mt 18:15-17). "Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale" (Lc 17:3-4). "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado" (Gá 6:1). III. El Espíritu contristado quien habita en el creyente. El contristar al Espíritu Santo es para el cristiano una certeza interna de lo malo, a la cual él debe cuidadosamente y en oración prestarle atención. "Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención" (Ef 4:30). El hijo de Dios aprenderá a distinguir entre la siempre presente desigualdad con Cristo y los pecados groseros mencionados en la Biblia. “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas . . .” (Gá 5:19-21). Note como en este pasaje los pecados de odios, ira, envidia, pleitos, celos y contiendas son mencionados en la misma lista que el adulterio, homicidio y la borrachera. Si un cristiano realmente desea mejorar su relación con Dios a cualquier precio, bien pudiera decir la oración descrita en el Salmo 139:23-24: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno". Tenemos la plena seguridad de que toda cosa pecaminosa nos será manifiesta si así pedimos. "Así que, todos los que somos perfectos, [maduros] esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios" (Fil 3:15). Como respuesta a esa oración pidiendo luz sobre los pecados ocultos, puede ser que estos sean revelados uno a uno, y otras revelaciones pueden depender tanto de un trato honesto con la revelación que ha sido dada como también de una repetición de la misma petición. No hay otra forma para enfrentarse a una vida obstruida por el pecado. La voz del enemigo también debe ser detectada. Satanás está siempre presente para disuadir al creyente a dar los pasos necesarios que le guiarán de regreso a la comunión con Dios, y hacia el poder y las bendiciones del servicio. Su método es tratar de presentar como insignificante el pecado, justificarlo, apelar al orgullo personal, o sugerir que la confesión obstaculizaría su influencia por su Señor. La respuesta a la segunda pregunta: “¿Con quién debe el cristiano confesarse? es más simple: I. La confesión de pecado debe ser siempre a Dios; porque a él se le ofende primeramente más que cualquier mortal. Los ejemplos bíblicos de confesión son claros en este aspecto. "Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos" (Sal 51:4). "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros" (Lc 15:18-19). II. Debe hacerse confesión a la(s) persona(s) que han sido dañadas por el pecado. Cabe señalar que la confesión en ninguna manera envuelve la actitud mala de otros, ni tampoco demanda que la responsabilidad por el pecado sea asumida por una persona quien no es culpable. Si ha habido enemistad entre un cristiano y otra persona, el cristiano debe considerar y confesar solamente su propia actitud o sus actos pecaminosos. Tal vez esto no resuelva el mal entendimiento entre ellos, pero abrirá el camino para la limpieza del que expresa sus faltas. Repetimos, la confesión de pecados debe estar limitada a aquellos que han sido ofendidos, ya sea que éstos pecados hayan sido cometidos contra la comunidad, la iglesia o un individuo. III. La confesión debe ser hecha a personas que hayan sabido del pecado, porque en cierta forma, también han sido afectados. "Y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados" (He 12:13-15). "Así que, ya no juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano" (Ro 14:13; también, Lc 17:1-2; 1Co 8:7-13). En el Salmo 51 encontramos el testimonio del arrepentimiento de David y su regreso a la comunión con Dios después de su pecado. Este es una declaración exacta de los pasos necesarios que el hijo de Dios debe tomar para regresar a su lugar de gozo y poder en el servicio. El Salmo comienza con una completa confesión de pecado; pide la limpieza prometida; y concluye con la restauración al gozo, servicio y al completo compañerismo con su Señor. Por consiguiente, si no existe fruto para la gloria de Dios, ni comunión, ni gozo en la vida del creyente, es evidente que hay necesidad de un ajuste a la mente y la voluntad de Dios. Tal ajuste es la experiencia común de quienes conocen lo que significa andar con el Señor; porque no hay otra manera de mantener esa invaluable comunión y bendiciones. El secreto de permanecer en ese andar es la confesión inmediata de todo pecado conocido, en lugar de dilatar u olvidar el cumplimiento de esa responsabilidad. Quisiera repetir que aunque el creyente no logre obtener un estado de perfección, él puede y debe mantener una actitud de espontánea e instantánea confesión de toda falta, si ha de andar en compañerismo con su Señor y ejercer su ministerio sacerdotal. Cuando el corazón es escudriñado delante de Dios, y todo pecado es confesado, el creyente "andará en luz como él está en luz". Esta experiencia debería ser la normal, si no la usual. En esta relación disfrutaremos de la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, un desbordamiento de paz y gozo, y un fluir constante de su amor a través de la vida. Podemos decir que de este ininterrumpido fluir de amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado, la experiencia normal de todos debería ser el poseer una percepción de la condición de los inconversos, la cual producirá cualquier sacrificio que sea necesario o esfuerzo para ganarlos. Las personas por quienes el cristiano pueda sentir pesar serán indicadas y controladas por los movimientos soberanos del Espíritu de Dios; mientras que la confesión que lleva un sentido de pesar es el punto de responsabilidad personal. Recordemos que si el creyente-sacerdote está limpio y en comunión con Dios, el amor de Dios creará en él un deseo divino por la salvación de los perdidos y esto será producido por el Espíritu. Entonces él será impulsado a la intercesión a través de sus sufrimientos con Cristo en favor de ellos. Como Pablo, dirá: "El anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación", y esa oración será una intercesión por medio del Espíritu; "pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles". Y ya que ésta es inducida por el Espíritu, quien conoce la mente de Dios, esa oración será contestada por la manifestación de él mismo en poder, empuñando su espada poderosa para convencer de pecado, de justicia, y de juicio. Y donde esta obra es recibida y ejecutada al depositar toda la esperanza y confianza en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, habrá, por el mismo Espíritu, una transformación maravillosa. El inconverso creerá y será trasladado del poder y las tinieblas de Satanás a la luz, la libertad y las bendiciones de los hijos de Dios. Por lo tanto, cuando el creyente está limpio y en una relación normal con Dios, el Espíritu Santo está libre para tomar todos los pasos necesarios en el "poder de Dios para salvación", y el creyente será guiado a una perfecta cooperación con Cristo en su gran obra inconclusa de buscar a los perdidos. Ese trabajo es completamente realizado por el Espíritu; porque es él quien inspira la oración que es el único alivio para el que está sufriendo con Cristo a través de la preocupación por los perdidos, carga que es divinamente dada. El Espíritu convence de pecado, de justicia, y de juicio en respuesta a la oración que él inspira; y es él quien llena el alma dispuesta con el poder de Dios en la salvación. Así que, el evangelismo verdadero comienza con un sacerdote limpio, y aunque este instrumento humano puede cooperar bastante en la obra subsiguiente de buscar a los perdidos, recordemos que, "no es con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos". Una petición: El propósito de este libro ha sido cumplido si usted, lector, ha obtenido una nueva visión de un ministerio más amplio para su vida cristiana, en el privilegio superlativo dado por Dios de ganar almas. Quiera el poder del Espíritu reposar sobre usted, a través de su entrega a él, que toda nueva impresión o entendimiento de la verdad divina pueda patentizarse en fruto que permanezca para la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.
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