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Usted ha sido perdonado en Jesucristo ya.

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C A P I T U L O U N O
k
¡ P E R D O N A D O !
UNA TARDE ESCUCHÉ un discurso del Ex-
secretario de Estado de los Estados Unidos, Dr.
Henry Kissinger. Él dijo en la reunión que su
primer error estaba mencionado en la página 1159
de su autobiografía. También hizo incapié en que
ese había sido su último error.
¡Si tuviera que escribir una autobiografía, mi
primer error probablemente sería encontrado en el
prólogo del libro, si a caso no en la misma lista del
contenido! De ninguna manera trataría de presen-
tarme delante de Dios basado en mi propia bondad.
No es que yo sea un individuo corrupto o moral-
mente depravado, lo cierto es que no soy lo sufi-
cientemente bueno para ser aceptado delante de un
Dios absolutamente Santo.
Una Justificación Sin Salida
Una manera común para tratar de ser justo es
definiendo lo que la justicia es o no es; establecer
un código de conducta y vivir de acuerdo a este
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Porque la Gracia todo lo cambia
código. Hay un sólo problema: Como nadie puede
vivir de acuerdo a su propio código, nos inventa-
mos un gran número de excusas para explicar por
qué fallamos. La más común, decir que nuestro
fracaso no es realmente nuestra culpa.
Si se me cae un vaso y se rompe, no es que yo
sea torpe sino que alguien me distrajo cuando no
debía haberlo hecho. O tal vez otros estaban
haciendo demasiado ruido en la otra habitación, así
que mi error es realmente culpa de ellos. Yo
digo:"¡Miren lo que me hicieron hacer! ¡No es mi
culpa, ustedes me hicieron hacerlo!" A ninguno de
nosotros nos gusta aceptar ninguna responsabilidad.
Esta actitud se remonta a Adán cuando culpó a
Eva de su caída. Él le dijo a Dios:"La mujer que me
diste por compañera es la culpable de que yo sea
como soy" (vea Génesis 3:12). El libro de los
Proverbios declara: "Hay generación limpia en su
propia opinión, si bien no se ha limpiado de su
inmundicia" (Proverbios 30:12).
Si usted piensa que es una persona muy pura
pero aún no ha sido lavado de su inmundicia, en-
tonces la justificación no lo ha alcanzado. La
Biblia dice: "Si decimos que no tenemos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no
está en nosotros.... Si decimos que no hemos peca-
do, le hacemos a Él mentiroso, y Su palabra no
está en nosotros" (I de Juan 1:8,10). Las Escrituras
exponen nuestro problema con claridad, "Todo el
mundo queda culpable ante Dios... por cuanto
todos pecaron, y están destituídos de la gloria
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Perdonado
de Dios" (Romanos 3:19,23).
Cada vez que tratemos de establecer nuestra
justicia observando reglas, eventualmente estare-
mos forzados a admitir que operamos sobre una
escala deslizable. Siempre me consideraré mejor
moralmente en comparación a como usted me ve.
Y usted me parecerá moralmente peor en compara-
ción a como usted se ve. Yo puedo observar su vida
y ver toda clase de defectos; pero cuando me miro a
mí mismo, los pocos defectos que noto no parecen
ser tan malos.
Aun la justicia que yo puedo lograr por lo que
hago, es solamente una justicia falsa. La Biblia
declara: "Todos nosotros somos como suciedad, y
todas nuestras justicias como trapos de inmundicia"
(Isaías 64:6).
Si nuestra relación con Dios
dependiera de ser justos y buenos,
jamás podríamos lograrla.
Es casi cómico ver a algunas personas desfilar
con sus trapos de inmundicia. Se pasean con su
actitud de "soy más santo que tú", con un aire super
espiritual de religiosidad llamativa. Hablan con
tonos delicados pensando que se oyen santos y
justos. Usan el Castellano de Reina-Valera porque
como todos sabemos, "vosotros" suena mejor que
"ustedes." Los vemos pavoneándose en su justifi-
cación, caminando orgullosamente, presumiendo...
Y Dios mueve su cabeza de lado a lado diciendo:
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Porque la Gracia todo lo cambia
"Trapos de inmundicia."
Si mi relación con Dios dependiera de ser justo
y bueno, jamás podría lograrla. Yo he fallado, no
alcanzo la gloria de Dios. Lo más que puedo lograr
es tener un buen día, que mis ritmos vitales estén
bien y que todo camine de maravilla; verdadera-
mente pasándola bien. ¡Hombre, realmente soy algo
serio! Pero aun en mis mejores días Dios me mira y
dice: "Trapos de inmundicia." Mis mejores esfuer-
zos simplemente no son suficientes.
Tratar de guardar la ley me condena, porque la
ley verdadera trata con las actitudes internas. Ante-
riormente, cuando estaba sujeto bajo esta norma de
justicia propia, me di cuenta que resentía ciertas
cosas que otras personas estaban haciendo. Me
amargué. Descubrí que odiaba a ciertas personas, y
que estaba celoso y envidiaba las cosas que ellos
poseían. Descubrí que había violado mi propio
código, eliminando mi relación con Dios. Nada
quedaba por hacer mas que comenzar de nuevo.
Desafortunadamente, justo cuando sentía estar
restaurando una relación correcta con Dios, algo
sucedía, fallaba, y me hundía otra vez. Una vez más
era forzado a subir la escalera de las buenas obras
hasta que finalmente llegaba al peldaño en el que
creía poder relacionarme con Dios. Pero tan pronto
alcanzaba aquel peldaño, alguien en la autopista
hacía un movimiento tonto mientras manejaba y yo
gritaba, "¡Torpe! ¿Dónde te dieron tu licencia de
conducir?" y entonces todo el proceso comenzaba
otra vez.
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Perdonado
¿Cuál Es La Norma?
Aquellos que creen que pueden ser aceptados
por Dios sin Jesús, necesitan enfrentarse a algunas
preguntas cruciales. Si creen que pueden llegar al
cielo alcanzando cierto grado de rectitud, entonces,
¿cuál es la norma por la cual deben vivir? ¿qué es
lo que Dios requerirá de ellos? Muchos dicen: "Yo
siento que soy una persona básicamente justa y
buena y estoy dispuesta a presentarme delante de
Dios por mi propio mérito."
Pero, éstas personas fallan al no considerar que
las normas de Dios son diferentes a las nuestras.
Jesús nos mostró el requisito de Dios para aquellos
que luchan por el cielo según sus propias fuerzas,
cuando dijo: "Sed, pues, vosotros perfectos, como
vuestro Padre que está en los cielos es perfecto"
(Mateo 5:48). La norma para la persona que desea
ser justa delante de Dios es nada menos que perfec-
ción absoluta--no sólo esforzarse o ser sincero,
sino guardar irreprochablemente todas las cosas
que Dios ordenó al hombre. Claramente, aquellos
que creen que pueden ganar la vida eterna con sus
buenas obras tienen una comprensión distorsionada
de la santidad de Dios y de lo que significa ser justo
delante de Él.
Si vamos a establecer una norma de conducta
justa, debemos usar la que fue establecida por Jesu-
cristo. Jesús es la única persona cuya vida movió a
Dios a decir, "Este es mi Hijo amado, en quien
tengo complacencia" (Mateo 3:17). Para disfrutar
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Porque la Gracia todo lo cambia
de comunión con Dios debemos ser justos como
Jesús. En Juan 16:8 y 10, Jesús dijo: "Y cuando Él
venga [el Espíritu Santo] Él convencerá al mundo
de... justicia, por cuanto voy al Padre, no me veréis
más." La ascensión de Jesús al cielo fue el testimo-
nio de Dios al mundo sobre Su Hijo. Es como si Él
estuviera diciendo: "Esta es la justicia que aceptaré
en el cielo." La vida de Jesús es la única norma de
justicia. Si quiero ser aceptado por Dios, tengo que
ser tan justo como Jesucristo. Las Escrituras nos
muestran que hay una sola clase de justicia que
Dios aceptará: la justicia de Cristo. Así que, si de-
seamos presentarnos delante de Dios basándonos en
nuestras buenas obras, debemos entonces vivir una
vida que alcance la medida de la bondad que vemos
en Jesús.
Pero me doy cuenta que esto es imposible. Yo
no puedo alcanzar esta clase de justicia. Jesús
mismo dijo, "Pero yo os digo que cualquiera que
mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con
ella en su corazón" (Mateo 5:28). También dijo:
"Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra
su hermano, será culpable de juicio" (Mateo 5:22).
Además dijo: "Amad a vuestros enemigos, haced
bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os
maldicen, y orad por los que os calumnian. Al que
te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y
al que te quite la capa, ni aún la túnica le niegues. A
cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es
tuyo, no pidas que te lo devuelva" (Lucas 6:27-30).
Y también nos ordenó: "Amad pues a vuestros
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Perdonado
enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de
ello nada..." (Lucas 6:35).
¿Cómo puede alguien ser así de justo? Yo sé
que no puedo. He fallado miserablemente. ¿Signi-
fica esto entonces, que debo permanecer por siem-
pre apartado de Dios? Acaso no existe una manera
en que pueda disfrutar otra vez de una comunión
con Dios? ¿Tengo que seguir en este vacío, en esta
frustración, buscando y tratando de alcanzar algo
que jamás podré obtener?
Si tenemos alguna esperanza de ser perdonados
por Dios, tiene que haber otro fundamento que el de
nuestra propia justicia. Pablo declara: "Ya que por
las obras de la ley ningún ser humano será justifi-
cado delante de Él" (Romanos 3:20).
Si alguna vez hemos de disfrutar de comunión
con Dios, debe ser basándonos en algo más que en
nuestra propia justicia. Las reglas que Dios ha esta-
blecido para alcanzar la justificación son demasiado
estrictas como para poder estar sujetos a ellas.
Nosotros no podemos lograrlo. Nuestra única espe-
ranza ha sido provista en otra forma de justicia.
Una justicia basada en un principio totalmente dife-
rente al de nuestras propias obras.
¡Gracias a Dios que ese principio existe! Se
llama gracia.
¿Qué es la Gracia?
La raíz del significado de la palabra gracia es
"belleza." En el Nuevo Testamento, gracia significa
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Porque la Gracia todo lo cambia
"favor inmerecido de Dios." La gracia es Dios dán-
dome algo que no puedo obtener por mí mismo.
Gracia es ser aceptado por Dios, aun sin merecerlo,
a pesar de que no soy digno de ello.
La Biblia enseña que yo recibo gracia basado en
mi creencia y confianza en Dios. Hebreos 11:6 de-
clara que sin fe es imposible agradar a Dios. Somos
perdonados por un Dios Santo, simplemente por
creer en Jesucristo y en Su muerte por nosotros.
Cuando depositamos nuestra confianza en Él, las
acusaciones contra nosotros son borradas por
completo.
No es posible ser perdonados solamente por
sujetarnos a un sistema legalista o religioso. Fue
necesario que Cristo fuera a la cruz a fin de que Él
pudiera establecer las bases por medio de las cuales
yo puedo acercarme a Dios.
Cuando Jesús estaba orando en el huerto dijo:
"Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se
haga mi voluntad sino la tuya" (Lucas 22:42). Él
estaba diciendo, "Si es posible que los hombres
puedan ser salvos por otros medios en lugar de Mi
muerte--ya sea siendo religiosos o de alguna ma-
nera ganar su propia justificación--entonces no
quiero ir a la cruz. Por favor, no permitas que pase
esta horrible prueba." Pero esto no era posible. Él
fue a la cruz, murió, fue sepultado y resucitó. Su
muerte hizo posible que Dios nos extendiera Su
gracia a usted y a mí.
Quizás una ilustración nos ayude a entender
ésto. Imagínese que usted fuera acusado de un cri-
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Perdonado
men. Ha sido acusado de entrar a robar en la pro-
piedad de su vecino. Cualquier abogado sabe que
existen dos opciones para ser libre de culpa. Usted
tiene que demostrar que no traspasó propiedad aje-
na o que tenía todo el derecho de estar allí.
Ahora aplique la misma lógica a nuestra situa-
ción espiritual. Dios nos ha acusado de ser peca-
dores, por habernos rebelado en contra de Su ley
y Su voluntad. Nos ha acusado de ser injustos.
¿Cómo podemos ser justificados de estos car-
gos? No podemos decir que somos inocentes, por-
que somos culpables. Todos hemos pecado. Ni tam-
poco podemos decir que teníamos el derecho de ha-
cer lo que hicimos porque no teníamos ese derecho.
Nuestras acciones claramente han sido erróneas.
¿Cómo puede entonces la ley ser de valor para no-
sotros en nuestro deseo de ser perdonados? ¡No es
posible! Es un caso es abierto y cerrado. Nosotros
no teníamos e1 derecho de hacerlo, pero de todas
maneras lo hicimos, por lo tanto somos culpables.
El Robo Más Grande De Un Banco
Cambiemos la ilustración. Supongamos que
voluntaria y deliberadamente robé un banco. La
ley me condena porque no puedo negar que lo hice
ni tampoco probarlo. La cámara de video me agarró
con las manos en la masa. Yo no puedo decir que
tenía el derecho de hacerlo porque robar no es un
derecho constitucional. Así que, de ninguna manera
puedo ser perdonado por la ley.
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Porque la Gracia todo lo cambia
Durante el juicio, puedo hacer el intento de
decir: "Prometo que mientras viva no robaré más
bancos; viviré una vida correcta y limpia desde este
momento; nunca más tomaré nada de nadie." Lo
que diga no justifica lo que ya hice. También puedo
pedir ser perdonado, aludiendo a que hice el bien
con e1 dinero robado; doné a la iglesia y alimenté a
mi familia. Pero, mis "buenas" obras no pueden
balancear o absolver mi culpa.
El juez puede ordenar que le pague al banco
todo el dinero que fue robado. Puede también,
como parte de mi sentencia, ordenar que limpie la
basura a lo largo de una autopista y así ayudar a
que la ciudad se mantenga hermosa. Puedo pasarme
el resto de mi vida haciendo obras de bien, pero
aun así, nada de esto me absolvería del mal que ya
hice porque todas mis obras, de acuerdo a la ley,
no pueden limpiar mi culpabilidad. Mis errores
pasdos todavía existen. Soy un ladrón y el veredicto
lo testifica.
¿Por qué será entonces, que en las cosas espiri-
tuales, tantas personas buscan ser encontradas
inocentes delante de Dios en virtud de sus buenas
obras?
Habemos muchos de nosotros que respondemos
a nuestro pecado, culpabilidad e injusticia con
remordimiento y nuevas resoluciones. Deseamos
hacer enmiendas y comenzar una página nueva.
Pero todos estos esfuerzos no pueden ganarnos el
perdón. Aun nuestros mejores esfuerzos no pueden
quitar la culpabilidad de lo que ya hemos hecho.
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Perdonado
Nunca podríamos ser justificados por buenas obras.
Más aun, una vida llena de buenas obras no puede
expiar ni un sólo pecado.
La base del perdón divino es el sacrificio de su
Hijo Unigénito. Toda nuestra culpa--nuestros erro-
res pasados y futuros--han sido cargados a Jesu-
cristo, el Cordero inocente, el Único perfecto que
no conoció pecado. Él murió por nosotros. Él cargó
nuestra culpa; Él sufrió y murió por nuestros peca-
dos. Pablo escribió, "Al que no conoció pecado, por
nosotros lo hizo pecado, para que fuésemos hechos
justicia de Dios en Él" (II de Corintios 5:21). Jesús
se hizo pecado por nosotros, para que por Él fuése-
mos perdonados. En otras palabras, Él cambió Su
lugar por el nuestro. "Por amor a vosotros se hizo
pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza
fueseis enriquecidos" (II de Corintios 8:9). Él tomó
nuestro pecado y nos ha perdonado por nuestra fe y
simple confianza en Él.
Jesús, Nuestra Esperanza
Cuando Dios puso sobre Jesús nuestra iniqui-
dad, Cristo recibió el juicio que todos merecíamos
por nuestros pecados. Él recibió el castigo que
merecíamos nosotros, el cual la Biblia declara es
muerte (vea Romanos 6:23). Dios declara que si
creemos en Jesucristo como nuestro Señor y
Salvador, seremos perdonados de todos los pecados
que hemos cometido. "La sangre de Jesucristo Su
Hijo nos limpia de todo pecado", dice I de Juan 1:7.
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Porque la Gracia todo lo cambia
Esta limpieza es algo que la ley nunca podría hacer
por nosotros,porque es una provisión de gracia.
Nosotros podemos luchar por alcanzar
el cielo mediante nuestros propios
esfuerzos o podemos poner
nuestra fe en Jesús.
La realidad es que la fe es nuestra única esperanza.
Nuestras buenas obras, esfuerzos o trabajos, jamás
nos harían ganar el perdón de Dios. Pablo declara
ésto con palabras fuertes: "Mas al que no obra, sino
cree en aquel que justifica al impío, su fe le es con-
tada por justicia" (Romanos 4:5). Dios atribuye Su
justicia, no a aquel que está trabajando, mas a aquel
que simplemente está creyendo. Dios nos entrega el
perdón debido a nuestra fe en la obra que Jesucristo
ya completó por nosotros.
La Elección Es Suya
Usted tiene la última palabra. Puede seguir
luchando en alcanzar el cielo mediante sus esfuer-
zos propios y seguir tratando por usted mismo de
ser tan bueno como Cristo; o puede depositar su fe
en Jesús y entonces recibir su justificación delante
de Dios como un regalo de Su gracia.
Para mí, esto no es alternativa. Yo sé que de
ninguna manera alcanzaría el cielo por mis buenas
obras. Yo continúo siendo condenado y estando sin
esperanza por mis pecados. No tengo ni la menor
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Perdonado
probabilidad de ser recibido por Dios como no sea
por Su misericordia.
Las buenas nuevas son que Dios ha provisto de
un camino para ser aceptado delante de Él. Dios,
quien es absolutamente Santo, Puro y Justo­ que
ningún pecado puede permanecer en Su presencia­
ha establecido un camino para que gente como
nosotros podamos tener comunión con Él. Cuando
creemos en el sacrificio que Jesucristo hizo por
nosotros, aunque inmerecido, el Padre nos entrega
el perdón perfecto.
Este es el evangelio de gracia. Cada uno de
nosotros podemos relacionarnos con Dios a pesar
de estar lejos de la perfección. Todavía podemos
llegar a tener una relación preciosa con Dios por
medio de Su Hijo Jesucristo.
Cuando nos relacionamos con el Padre por fe en
Su Hijo, llegamos a tener una relación sólida con
Él. Ahora somos hijos de Dios y debido a que Él es
nuestro Padre, no tenemos que preocuparnos si
somos dignos de venir a Él o no. No venimos a Él
basados en nuestra dignidad propia, sino en base a
nuestra relación con Él.
Esto es todo lo que significa el evangelio de
gracia. Dios nos mira como si nunca hubiéramos
transgredido contra Él. Ahora, a mí se me dificulta
identificarme a mí mismo de esta manera. Yo me
veo en el espejo y exclamo, "¡Chuck, eres un peca-
dor. No eres ni capaz de controlar tu apetito; tienes
tantas faltas...!" Mas aun; Dios me ve y dice:
"Perdonado." Él me ama y me acepta como soy
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Porque la Gracia todo lo cambia
porque estoy en Jesucristo. Igual a como Él aceptó
a Su propio Hijo, así y ahora me acepta a mí. Pablo
nos dice que hemos sido aceptos "en el Amado"
(Efesios 1:6). El Amado es Cristo; y al estar usted
en Cristo es acepto por Dios así como Cristo fue
acepto.
Por eso es que el evangelio de gracia es la
mejor noticia que jamás he escuchado. Dios nos
perdona porque creemos en Su Hijo, a quien Él
envió para morir por nuestros pecados. Todos
nuestros pecados han sido borrados. Nuestra
culpabilidad ya no es tomada en consideración.
Pablo nos dice: "Bienaventurados aquellos cuyas
iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son
cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor
no le inculpa pecado" (vea Romanos 4:7, 8).
Como hijos de Dios, tenemos todo el derecho
de venir a nuestro Padre y pedirle por todo lo que
necesitamos; tenemos el derecho de confiar en la
sabiduría de nuestro Padre ya sea concediéndonos o
negándonos nuestras peticiones, de acuerdo a Su
conocimiento de lo que Él considere lo mejor para
nosotros. Podemos someternos a nuestro Padre
celestial, quien nos ama tanto. Él nos dará solamen-
te lo que es mejor para nosotros.
¡Qué gozo es saber que Dios desea concedernos
la riqueza y plenitud de Su amor, no porque lo
merezcamos, sino porque nos ama. Este es el
evangelio de gracia en Jesucristo!
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